La San Fermin Marathon me ha enseñado varias cosas, algunas incluso ya aprendidas e imperdonablemente olvidadas en esta cita pero sobretodo que Mordor es mucho Mordor. Que prepara una maraton con mucho cariño e ilusión, que manda a un tropel de voluntarios a trabajar en cada rincón sin perder la sonrisa, a sus gentes a animar con fuerza en sitios insospechados, que aun siendo benévolo con su climatología deja claro que aquí llueve y aquí sopla el viento. Que Mordor no tiene un tío del mazo, tiene a un gigante montado en una noria, y si te dejas, te aplasta y te tumba sin piedad... Una maratón nunca es fácil y Mordor no iba a ser menos.

No faltaba mucho para completar el kilómetro 32 cuando sentí la fulminante orden de pararme. Al fondo estaba también parada pero iluminada, la noria que aguarda para girar el comienzo de las fiestas de San Fermin. Ahora daba cobijo al gigante del mazo que acababa de bajarse para dejarme noqueada. Se lo estaba poniendo a huevo desde el kilometro 12 donde mi cabeza dejo de funcionar como debería así que supongo que llevaba casi un par de horas frotándose las manos esperando mi llegada. De pronto no pude más, y no por cansancio, me dolían las piernas, los calambres habían hecho acto de presencia hace un rato, pero fue más por culpa de mi cabeza. Lanzó un "¡vasta ya!" y me frené en seco.

- No puedo seguir. Imposible. Se acabó no puedo. - fue todo lo que le dije a Novatillo ante su atónita mirada.

Pero antes de seguir debería explicar como una foto como la que ilustra esta crónica puede dar lugar a semejante mazazo.

La jornada maratoniana comienza media hora antes de que den la salida citándome con los corredores y corredoras que colaborarán con la Fundación Sindrome de Dravet participando en alguna de las carreras programadas. Llevo también en este maratón la camiseta de su RETO y la ocasión me brinda la oportunidad de conocer en persona a algunos y algunas de los ya conocidos a través de las redes sociales.


A las ocho en punto se da la salida de la maratón y comienza la carrera. Voy acompañada de Novatillo y su Fosfy y nada más cruzar el portalón nos sorprende la cantidad de gente agolpada a ambos lados de la calle y el fervor con el que animan. Imposible no emocionarse.



Quiero intentar llegar en menos de 4 horas así que acordamos un ritmo de 5'30'' mas o menos hasta la media a ver como aguanto. Novatillo sabe que no he preparado como debería este maratón y que me va a costar así que me avisa de vez en cuando de que voy un poco despendolada y que debería aflojar. Es en estos primeros kilómetros donde un fotógrafo apostado en lo alto de una fuente nos hace el "robado" de arriba. Mi cara no hacía presagiar la que se avecinaba. Llegamos al km 5 y primer avituallamiento en 27:08. Bebo religiosamente agua. No hace calor, la temperatura es perfecta y corre algo de aire, no tengo sed pero se que debo beber.

El globo de las cuatro horas marcha unos cincuenta metros por delante. Nos extraña pero manteniendo el ritmo y algo de charla, sin darnos cuenta lo alcanzamos mientras recorremos aburridas avenidas de una zona industrial. En un principio nos quedamos con él pero sentimos que el grupo nos frena el ritmo y decidimos adelantarlo. En el primero de los cinco puentes que pasaremos, el puente de Miluze, lo llevamos detrás. Empieza ahora una de las zonas del recorrido más agradables, junto a la ribera de rio Arga y con la luz del atardecer de fondo cayendo lentamente. Así llegamos cumpliendo el guión al km 10 en 54:57.

En el siguiente avituallamiento decido tomarme el primer gel. En otras maratones suelo adelantarlo y tomarlo en el km 8 o 9 pero esta vez no quiero hacerlo a palo seco y por eso espero a tener algo de agua. Llevo mi isotónico pero no es hasta la media donde programo tomarlo como en otras ocasiones. No hace calor así que no me preocupa ingerir solo agua. Seguimos por la ribera del Arga y aunque el paisaje es agradable hay algo que no me hace ir cómoda. Mis pulsaciones son bastante altas y alguna leves molestian musculares en la ingle han hecho aparición. En el kilómetro 12 mi cabeza ya empieza a chequear. La experiencia suele ser un plus y siempre ayuda pero en este caso es al contrario. Mi base de datos toma referencia con otros maratones y me informa de que mi cuerpo se siente como si lleváramos la mitad del recorrido. O eso es lo que me quiere hacer creer. El caso es que mi incomodidad aumenta pero me niego a bajar el ritmo. No le digo nada a Novatillo pero algo ha debido notar. Me dice que me enchufe la música si quiero. Sabe que me motiva. Hasta ahora no la llevaba puesta pero decido hacerle caso y parece que ayuda. Alcanzamos el km 15 en 01:22:16.

El siguiente tramo empieza a picar hacia arriba y mi lucha mental continua. El puente de la Magdalena me parece más obstáculo del que debería. El ritmo se me va por momentos y sigo sin informar a Novatillo de mis fantasmas. El km 20 cae en 01:50:42.

El reloj dice que todavía vamos en tiempo para lograr el objetivo pero mi cabeza dice que no. Sabe que no. Que en otro sitio tal vez, pero que en Mordor no. Y menos cuando llega la primera de las tres grandes cuestas, dos rampas casi seguidas de 800 y 600 metros con un desnivel del 3,5 y 3,6% respectivamente. Mantengo el paso corto luchando para no irme por encima de 5'50''/km y cuesta. Tanto que rompo el silencio que llevaba desde hace rato solo para soltar un exabrupto del calibre de "¡puta cuesta!". Finalmente llegamos al 25 en 2:19:35.

Camino del 26 me doy cuenta de que no he bebido isotónico en todo el recorrido pero ni en esto parece funcionar bien mi mente. Algo tan absurdo e inexplicable como la pereza es la excusa que me hace no beber del que llevo. El paisaje es soporífero y de pronto me doy cuenta de que es de noche. No sé ni cuando cayó. Pasamos entre bloques de urbanizaciones nuevas donde de vez en cuando sale gente a alguna ventana animando. Novatillo no se cansa de dar las gracias. Yo decido imitarle para distraerme y allá donde veo un voluntario, y parece que los veo por todas partes, les doy las gracias por sus ánimos. Y llegamos al regalo del kilómetro 27, la última rampa dura, algo más de 400 metros con un 3,1% de desnivel. Saber que tras coronarla volveremos a entrar en el centro de la ciudad, tal y como me anuncia Novatillo, no me anima mucho. Tampoco volver a entrar en la Plaza del Castillo que lamentablemente esta más vacía de lo esperado. Hace un rato que ha empezado a caer una lluvia fina y habrá espantado a la gente. Pero sobretodo lo que menos me anima al llegar al kilómetro 30 es una extraña sensación dolorosa que me sube por los gemelos de las dos piernas. Aún así el encuentro con algunas de las chicas de las #muetasquecorren me saca una sonrisa cuando nos animas con fuerza.

Foto de @_arribalabirra_

Salimos de la plaza con el crono en 02:50:26. No esta mal para lo que queda pero mi cabeza no opina lo mismo. Debería ser momento de descontar y de sacar a relucir mi mantra de "pensar en no pensar, solo correr" pero ni siquiera en eso acierta. Quiere que me detenga. La engaño pensando que "un kilómetro más y decidimos". Y llega el 31. Y trato de usar el mismo truco otra vez, "otro kilómetro más y decidimos". Miro el gps, 200 metros...450... 560... y veo la noria.

Foto del Diario de Navarra


- No puedo seguir. Imposible. No puedo 

Me paro en seco. Novatillo me mira perplejo. Sabe que no voy bien pero supongo que no se esperaba esta rendición. Durante unos instantes ninguno dice nada.

- Bueno, necesitamos un plan B. Aqui no nos podemos quedar. O seguimos andando un poco o lo dejamos. ¿Lo quieres dejar?

Por mi cabeza pasa como un fogonazo la ilusión invertida en este viaje y en esta carrera, pasan personas, pasan mis otras maratones y al llegar a la idea de abandonar nada aparece. Me quedo en blanco. Eso no puedo idearlo. Eso no puede ser un plan B.

- Venga vamos a andar un poco a ver que pasa.

¿Y que pasa? Que me relajo, charlamos un rato, caminamos unos metros completamente solos sobre el asfalto mojado y alejándonos de la noria. Algún transeúnte nos anima y decido intentar otra vez correr. Y parece que no se me ha olvidado como se hace. Antes de entrar a la Ciudadela alcanzamos a duras penas el km 35 en 03:24:29

El parque de la Ciudadela, en el 37, nos recibe con otro poco de lluvia y de allí a la Vuelta del Castillo, escenario de los entrenamientos de muchos plamplonicas y ¿como no? del que me acompaña dándome charla de vez en cuando para que me distraiga. Desde hace rato nadie nos adelanta ni vemos a ningún corredor más. De no ser por los ánimos de los transeúntes que nos cruzamos aquello podría ser un cochinero nocturno cualquiera entre colegas.

Y trotando trotando, parando de vez en cuando por el extraño hormigueo cada vez más doloroso que siento en las piernas, llegamos otra vez a la Plaza del Castillo y al km 40. Miro el reloj, 04:01:33. No ha podido ser pero no me importa. De nuevo trotamos con la idea clara en mi cabeza de no volverme a parar. Durante el kilómetro 41 tengo ganas de ver la plaza de toros, pero no con la sensación reconfortante y triunfal que he experimentado en otras ocasiones al terminar una maratón, sino con la de querer acabar con esto de una vez por todas. Y me apena acabar así.

A falta de un kilómetro... a decir verdad, a falta de la mitad de ese kilómetro, afortunadamente algo cambia mi perspectiva. Así como existen gigantes del mazo durmiendo en una noria que te tumban de un golpe, también existen motivos igual de gigantes para levantarse de golpe, para encontrar en el último momento la sensación reconfortante y triunfal perdida. Eso, o que soy una sentimental sin remedio y no entiendo esto de los maratones de otra forma. El caso es que me agarro en el ultimo instante a dos motivos, uno que me encuentro al doblar la última esquina antes de entrar en el callejón en forma de "aupas" y de "vamos valientes", de gente bajo paraguas aplaudiendo con fuerza, de niños tendiendo las manos y de Novatilla esperanandonos, y el otro que me encuentro... El otro no me lo encuentro. El otro lo he llevado durante más de cuatro horas acompañándome. Y me ha costado tanto llegar hasta aquí, y me ha ayudado tanto su compañía, que a punto de entrar en la plaza consigue lo que no han conseguido otros maratones, que alguna lágrima se me escape.

Y colorín colorado, como no es plan de dar lugar a aquella cantinela de una lágrima cayó en la arena, cosa fácil entrando en el coso de una plaza de toros, me recompongo antes de cruzar sus puertas y paso el arco de meta con satisfacción, y casi olvidándome del abrazo merecido.

Mordor es mucho Mordor. Tanto que hubo un mordoriano corredor converso que dijo en una ocasion a una pingüina en la salida de su maratón "igual aquí hasta haces podium", y va y la pingüina con un tiempo neto de 4:14:40 se planta tercera de su categoría.

Lo dicho, como es mucho Mordor... dejaremos para otra entrada algunas conclusiones de esta maratón.