El viernes pasado me acerqué a la Feria del corredor de la Rock’N’Roll Marathon Madrid con más intenciones personales que deportivas. Este año no estaba el maratón de mi ciudad en mi calendario y no me había inscrito. A pesar de ello me presenté con una mezcla de morriña y envidia a partes iguales para salir de allí aprendiendo que… Manolete si no vas a torear, pa’que te metes. 36 horas después estaba participando en mi cuarto maratón, segundo de este año y tercero de Madrid.

Los hechos sucedieron como paso a relatarle señoría. Yo acudí voluntariamente a la Feria del Corredor en la Casa de Campo el viernes 25 de abril. No tenía que recoger ningún dorsal. Había sido citada allí por Raul, el Sr. Korrecaminos para la firma de una camiseta homenaje a nuestro amigo Sergio (Gato con Botas). En un momento dado, no recuerdo bien si antes o después de conocer personalmente a Carlos del blog El corredor Estepario, le expreso al Sr. Korrecaminos, creo que en presencia de Juan del blog El Triclinium (apunte un posible testigo), mi tristeza por no poder participar en el maratón de este año, que incluso se me pasa por la cabeza la idea de comprarle el dorsal a un amigo que se ha lesionado y no va a poder correr. A lo que mi interlocutor me responde algo como “no se hable más, yo tengo un dorsal libre. Si quieres correr el domingo es para ti”. He de reconocer señoría que pesó algo la presión de tener que decidirme en esos instantes puesto que acababa de ofrecerlo por Twitter pero asumo mi culpabilidad. Cedí a la tentación y en pleno uso de mis facultades y sin ningún tipo de coacción me metí yo solita en este “fregao”.


¿Es verdad que recibió acusaciones de vil y rastrero tapadismo de ultima hora? ¿Qué tiene que decir al respecto?

Es cierto señoría. Me acusaron de ello pero niego rotundamente que se tratara de un acto premeditado. 


Niego la existencia de un plan maquinado meses antes. Prueba de ello es que la mañana anterior al día de autos participé en la Cruzapedriza (Ca-co de montaña de 25 kms) y por la tarde me fui de cervezas con un señor y una señora que escriben en un blog que se llama No le digas a mi madre que corro. Si yo hubiera urdido algún plan durante meses para llevar a cabo el acto por el que se me juzga, no habría cometido semejantes insensateces el día anterior.

Pasemos entonces al día de los hechos… ¿Con que intenciones de presentó usted en la línea de salida?

¿Intenciones? Las mejores señoría. Correr hasta donde el cuerpo me dijera basta y sobretodo disfrutar. No iba con una idea clara de acabar.

¿Quiere decir que no salió con la intención de llevarse una medalla más a su casa? ¿Qué no pretendía llegar a la meta fuese como fuese y tratando de realizar un buen papel? ¿Qué no había engañado a los suyos con eso de “no os preocupéis, corro con cabeza y sé cuándo tengo que dejarlo”?

Por supuesto. De hecho siempre fui a un ritmo pachanguero como si de un entrenamiento con los amigos se tratara y con la intención de dejarlo cuando me cansara. En el segundo kilómetro me tuve que parar para atarme los cordones de una de las zapatillas y en el tercero a esos deberes que los hombres hacen fácilmente junto a cualquier árbol de la Castellana (ese día) y las mujeres tenemos que currarnos yéndonos una calle más allá. Es más, creo recordar que en esta ocasión hasta tres veces me tuve que salir del circuito. La segunda en el km 10 y la tercera en el 22. Y le digo esto, señoría, como prueba de que no iba presa del reloj, ni de los ritmos porque no quería tomarme aquello como una prueba a superar. Tengo testigos que pueden corroborar lo que digo. En el km 4 tuve el honor de ser asaltada por el señor con el que me había tomado las cervezas la tarde anterior y fuimos de charleta hasta el km 14 . Adjunto como prueba fotos que lo demuestran. 




Si le llaman a declarar como testigo puede afirmar que cuando nuestras recorridos se separaron (él corría la media maratón) me despedí diciéndole que no me veía mucho más allá de la entrada a la Casa de Campo (km 26). También pueden llamar a declarar a Alfonso del blog Las cosas de Alf, que me encontró en el Paseo de la Florida (km 24). No me esperaba en esta edición, le conté a que se debía mi presencia y que en un par de km estaba pensando en dejarlo.  Me insistió en que le acompañara y que intentara llegar hasta el final pero él y su acompañante iban algo rápido para mi y en el km 26 les perdí.

¿Qué pasó entonces a la entrada de la casa de Campo? ¿Por qué no se retiró? Le estaban esperando, ¿no es así? Pudo dejarlo y no lo hizo, ¿a qué se debió?

Muy sencillo su señoría. 


Llegué al punto acordado, me detuve, repartí sonrisas y besos, charle uno o dos minutos contando como me encontraba y vi que me encontraba bien, que el recorrido en la Casa de Campo este año era más corto, solo 4 kms, y que no perdía nada por hacerlos. Así de tonto. Volví a quedar a la salida, km 30, y continúe.

Pero al parecer usted no lo dejó en ese km. Hay quien dice que su cara bajando por la avenida de Portugal no era precisamente la de querer abandonar y que esta vez ni siquiera llegó a detenerse con quien le esperaba. ¿Qué tiene que decir en su defensa?

Cierto su señoría. No puedo negar nada de esas afirmaciones. Solo puedo decir en mi descargo que la culpa la tuvo la animación.

Explíquese mejor.

Verá, como ya he explicado anteriormente, yo no salí con el objetivo de acabar la maratón. Si bien es cierto que, si me encontraba bien, en mi interior tonteaba con la posibilidad remota de hacerlo pero sabía que me faltaba algo muy importante y sin lo cual es bastante difícil llegar hasta el final en una distancia como la del maratón, y ese algo es la motivación. Mi motivación estaba puesta en la San Fermín Marathon, que es el próximo objetivo, me encontraba en la segunda semana del plan de preparación y el reto de completar 42 kms, una vez ya lo has logrado anteriormente, en sí mismo ya no es suficientemente motivador. Así que con estos antecedentes, aunque no se lo crea, cuando me encontré a Javi (No pares unyko) y a Tomas (Tomypeck), aunque me hizo ilusión y me acerque a saludarles iba tan desmotivada que tenía tomada la decisión. Lo iba a dejar. No encontraba nada a lo que agarrarme. Empezaba a sufrir y sentía que esta ya no era mi guerra, que era sufrir inútilmente. Y entonces sucedió algo increíble. Recuerdo que fue subiendo la enorme cuesta que nos sacaba de la Casa de Campo. A ambos lados de la carretera se agolpaba la gente, mucha más gente que en cualquiera de las dos ediciones anteriores. Por mis auriculares sonaba el tema “Amsterdam” de Imagine Dragons. Y empecé a ver niños tendiendo manos, mujeres y hombres aplaudiendo, pancartas, ojos que miraban a mis ojos, sonrisas de apoyo, gestos de ánimo, voces de aliento… Me llegó tan adentro el calor de aquellas personas que subi la cuesta sin darme cuenta, sintiendo que no tenía gratitud suficiente para devolver y que lo único que podía hacer a cambio era continuar. Que había un Madrid que ese día estaba en la calle volcado en unos sufridos y anónimos corredores populares trasmitiendo ilusión y ganas de ayudarnos a no rendirnos de una forma sincera y completamente desinteresada. Encontré la mejor de las motivaciones, seguir hasta la meta devolviendo sonrisas, levantando el pulgar de vez en cuando y mirando a los ojos de aquella gente. No quería perdérmelo, al contrario, quería formar parte de aquel intercambio de buena energía hasta que un portalón de llegada me pusiera freno.

¿Y le sirvió de motivación hasta la llegada?

En cierto modo sí. Aunque he de reconocer que a la llegada a Atocha me flaquearon las fuerzas. Quedaban solo 5 kilómetros pero el cambio del recorrido de este año hacía que mentalmente me sintiera aún bastante lejos de la meta. Recordé que los Novatillos posiblemente me esperaban a la altura del Caixa Forum y eso ayudó. Cuando llegué a ellos me detuve a saludarles e intercambiar algún chascarrillo y abrazo. No tenía prisa por acabar, la verdad, pero me recordaron que estaba en un maratón y seguí adelante.

Entonces a esas alturas, ¿usted ya sabía que iba a acabar?

Bueno, acabar lo que se dice acabar, un maratoniano o maratoniana no tiene la seguridad hasta que pasa por el arco de llegada por mucho que vaya rumiando que no deja de correr aunque se acabe el mundo. Pero si es cierto que con esa clara intención iba ya, sobretodo cuando a lo lejos, a falta de 3 kilometros vi una camiseta del Reto Dravet como la mía. Decidí llegar hasta allí para saludar a quien la llevaba.

¿Lo hizo?

Sí, logre alcanzarle. Era Alfonso, un corredor que se estrenaba como maratoniano. Le pregunté si no le importaba que acabaramos la carrera juntos y me dijo que no. Además me conocía del blog así que me acomodé a su paso y continuamos. Iba con algunos problemas musculares y tuvimos que parar en alguna ocasión, pero en su cara estaba escrita la palabra luchador, y en sus ojos se veía la emoción del debutante que a las puertas de vencer a Filípides estaba así que llegamos al Retiro formando un inesperado y espontaneo equipo que a mí me sirvió como última motivación. 



Unos metros antes de entrar en meta me separé para que él viviera su momento de la mano de sus hijos, esprinté y de nuevo me sentí maratoniana. Porque a decir verdad señoría, se es maratoniano desde que corres un maratón pero solo te sientes maratoniano durante unos instantes, esos en los que a punto de pisar la alfombra, cuando a cada paso se va agrandando tu mundo reducido a portalón de llegada, ante tu desfallecida pero brillante mirada… sientes que lo sufrido mereció la pena… que el camino recorrido no es tanto cuando tanto recibes al terminar.

¿Entonces reconoce usted los cargos?

Si de lo que se me acusa es de correr un maratón, si señoría, reconozco mi culpabilidad. Soy culpable de acabar otro maratón, mi más lento (4:17:55) pero más emotivo y disfrutado maratón.