A veces el caos no es más que el comienzo de lo que terminará siendo orden. A veces un orden aparentemente predeterminado pero no inalterable. Me gusta correr maratones por muchas razones. La oportunidad de transformar el caos en orden es una de ellas y la posibilidad de terminarlos alterando el orden que parecía establecido es otra. No me gusta tanto entrenarlos. Ahí es donde el caos se me resiste. Ahí es donde me convierto en un caos de la talla 38.



Siempre tengo la sensación de que los maratones comienzan de una forma caótica. A pesar de los cajones, dorsales numerados, globos con marcas objetivo... Dan la salida, los keniatas y compañía salen a toda velocidad y detrás miles de cuerpos avanzando a distintos compases que se acompasan y desacompasan al libre albedrio. Así durante kilómetros. No sabría decir cuantos. Como no sabría decir tampoco porque pero llega un momento en que cada cual está en su sitio. Cada cual corre su carrera y la que parece que tiene predestinada

Mis tres maratones (el cuarto todavía me estoy pensando si incluirlo) han sido así hasta cierto punto. La salida con incertidumbre, sintiéndome en medio de un caos, buscando mi ritmo...hasta llegar mas o menos al km 15 donde ya me veo ordenada, acomodada en un lugar que parece ser el que un dedo ha señalado. ¡Tu ahí! Pero sintiéndome a gusto y atreviéndome a aventurar una marca con el cálculo matemático que manda mi ritmo. Luego viene el checking de la media maratón, el "uff no puedo" del km treinta y tantos y de repente, ese momento en el que, independientemente de las fuerzas y las ganas de apretar dientes que me queden, siento a mi alrededor que el orden se puede alterar. Y no solo se puede, sino que se altera. Algunos se ponen a andar, a otros le cuesta la cuesta, adelanto puestos sin acelerar o acelero casi sin adelantar. El caso es que termino sintiendo que donde hubo caos que se ordenó, siempre aguarda la oportunidad de una nueva ordenación. Es como una última canción en el juego de las sillas

Me gusta el orden, lo impredecible me perturba. Me gusta pesarme todos los días, tomarme un yogurt siempre después de cenar, guardar mis camisetas de correr por colores, las tablas de excell, los planes de entrenamiento por semanas colgados en la pared de mi cocina y rellenar los días de mi calendario con los kilómetros recorridos. Pero cada dos por tres suena una canción y acabo en otra silla. Así que no hay manera, a veces no me peso, me tomo el yogurt al mediodía y alguna camiseta verde se cuela entre las rojas, dejo la tirada larga para otro día, acabo corriendo un maratón que no estaba programado, me apunto sin saber porque a una historia de 100 kms Madrid-Segovia en BICI (¡oh my god! dentro de quince días), las series las cambio por un relaxing gin-tonic en alguna terraza....y acabo sintiendo una vez más que preparando maratones soy un caos de la talla 38.



En fin, de aquí a la San Fermin Marathon, me agarro a la esperanza de una última canción que me coloque en una buena silla...y la mañana del mismo, a la de que ni Novatillo ni Alex me lleven de pintxos por Pamplona.



La semana pasada tuve la oportunidad de ver el último trabajo cinematográfico del coreano Bong Joon-ho. Aquí es donde quizá los no amantes del cine pueden desconectar. Una peli de orientales dándose mamporros, ufff que pereza... Pues no señor, mamporros se dan y orientales son, pero no todos y no sin antes, durante y después, hacernos reflexionar sobre el caos y el orden establecidos como ley aparentemente nartural de las sociedades humanas (o no tan humanas). La escusa es un mundo congelado donde solo han sobrevivido unos pocos que dan vueltas a la tierra viviendo dentro de un largo tren. Aquí es donde hay otra oportunidad para desconectar. Una peli futurista-acabóse de la especie humana envuelta en paja mental, uff que pereza... Pues sí señor, lo és, no lo de la pereza, sino lo del acabóse y la paja mental. Pero en esta ocasión contado (siempre a mi humilde parecer, of course) con dosis de inteligencia, crítica, extravagancia y humor negro. Además el film tiene momentos muy acertados estéticamente, tanto a nivel de escenografía, efectos especiales y vestuario, como acertada es también la elección de John Hurt y Ed Harris para interpretar sus papeles. En cuanto a realización a veces peca un poco de desorden narrativo pero perdonable. Al fin y al cabo la película habla de eso, de desordenar. Si alguien queda en la sala con ganas de verla, Rompenieves se llama. La recomiendo.