Llueve. Ayer también. La predicción para dentro de dos días es la misma. Pero mañana no llueve. Mañana no toca entrenar. Toca hoy. Y toca tirada de 20 kms. Tengo chubasquero y gorra impermeable. Me da igual. Con lluvia imposible. Este año me supera. Pues al gimnasio bonita. No me gusta correr en el gimnasio.


Si algo podía hacer más cochilón mi plan para Sevilla era esto. Entrenar las dos últimas semanas corriendo en la cinta del gimnasio mas las sesiones de spinning de rigor. ¿Que toca intervalos? Pues intervalos. ¿Que toca tirada larga? Pues todo lo larga que se pueda. Vamos, que siento que no he salido de allí nada más que para dormir y para trabajar. Y me sigue sin gustar.

La última vez que corrí en una cinta, más de tres lustros antes de tener la sensación de vivir con el monzón pegado a la nuca, ni siquiera sé si usaba zapatillas de correr. Creo que eran deportivas a secas. En esa época para mí no existían más que dos tipos de zapatillas, las de andar por casa y las que usaba para ir al gimnasio. Ni running, ni carreras, ni blog, ni gps...y por supuesto que nada de planes de entrenamiento, ni hidratos de carbono, ni minutos por kilómetro, ni intervalos...Yo iba al gimnasio para quitarme unos kiilillos y ya está. Me subía a la cinta 15 interminables minutos a lo que yo consideraba correr, y con eso y otros 15 de step ya tenía bastante. Con un poco de suerte lo hacía dos veces por semana. Bajé de peso lo que bajó el año pasado el iva. 


Así que con este panorama rondando mi memoria, cuando hace unas días decidí correr en el gimnasio, no es de extrañar que al entrar en la sala de fitness y ver las cintas que allí tenían, creyera que aquello era una broma de Doc, su Delorean y el futuro. ¿Sistema tactil? ¿Con ventilador? ¿Con Ana Rosa Quintana viéndome sudar? Lo de que cada una tuviera una gran pantalla con su propia señal de televisión me superó. Hasta el momento lo más cercano a esto que había vivido, era que dejaran libre la cinta donde estaba el mando y poder despacharme a gusto cambiando el canal del receptor anclado en la pared de la esquina de la sala.

Pero mi gozo en un pozo. Lo que en un primer momento creí que me serviría de distracción acabó convirtiendo mi sesión de running indoor en una tortura rodante. Y es que solo a mí se me ocurre hacer un fartlek así. Los auriculares se me caen, la Quintana pone orden, Boris Izaguirre grita, si intento bajar el volumen, apago el ventilador, Alessandro Lequio increpa a no se quien, los auriculares se me vuelven a caer, levanto la vista de la pantalla a la calle y de la calle a la pantalla, me mareo...así que antes de que empiece el bodrio de "Mujeres y hombres..." y se me lesionen las neuronas que me quedan, decido apagar la tele y hacer las cosas como hay que hacerlas: concentrada en mi silueta reflejada en el cristal, en mi cadencia y en mi música. Que lo que suele haber en televisión a menudo es para salir corriendo pero no de esta manera.

La previsión del tiempo para mañana parece que va a cambiar. No va a llover, va a nevar. Seguiré visitando el gimnasio y escribiendo sobre tapices rodantes. To be continued... en La bolsa del corredor: "Sexo, mentiras y cintas de correr"