No había sido un día normal. Quedaba poco para que empezara a anochecer y normalmente no llegaba a casa a esas horas. Tampoco era normal salir a correr entonces, por lo menos para ella. Sabía que no quedaba mucho tiempo de luz. El sol siempre se pone pero albergaba la esperanza de que esa vez no lo hiciera. Miró el reloj y miró sus zapatillas. Sabía que en realidad no era esperanza, ni siquiera una ilusión. Era un deseo. Se dejó llevar y se ató los cordones. Quizá no fuera tarde.


Salió del portal sin prisa. Los deseos no entienden de urgencias. Respiró profundamente y sintió en sus pulmones el aire que anticipa el crepúsculo. Un aire impregnado de los aromas que los jazmines de la valla de enfrente dejaban escapar cuando el sol les liberaba de la tiranía de un día caluroso de julio. Encendió su gps, se cargó los últimos rayos de sol a la espalda y ordenó sus zancadas cortas calle abajo sin ningún plan. Aquel entrenamiento no estaba planeado. Solo quería que no fuera tarde.

No recordaba haber corrido a esas horas alguna vez, y si lo había hecho quería pensar que era la primera. Pasó junto a la tapia que contenía al caballo que cada mañana la veía pasar y le pareció que era otro. La luz del atarcecer era distinta y débiles rayos de sol se contorsionaban entre sus crines dándole un aspecto mágico. ¿O eran rayos de luna? 

Se despidió de Pegaso sin variar el ritmo y continuo hacia el cementerio. De pronto cayó en la cuenta de que si su deseo no se cumplía, a la vuelta del recorrido pasaría ante los muertos sin luz. Sintió un escalofrío, echó de su mente aquella visión que parecía una advertencia y un aire fresco se coló por las mangas que no tenía su camiseta. Será el aire que viene del embalse.


Sus pasos la llevaron por la carretera entre árboles que a medida que cayera el sol quizá solo dejarían sombras. Atravesó el puente y notó que detrás de ella poco del astro quedaba. Aceleró el paso y su corazón empezó a agitarse. Se giró y descubrió una sinfonía de colores que de bellos, en un instante, pasaron a inquietantes cantos de sirena que preceden a la noche. Era difícil pero seguía confiando en su deseo y mantuvo el rumbo. No quedaba otra, no pensaba dar la vuelta. Tan solo quedaba un kilómetro más hasta el punto de retorno y quizá a partir de allí todo fuera distinto. ¿Y si el sol esta vez no se pone?

Llegó al punto previsto y dio media vuelta. Al fondo vio dos pueblos. El que reflejado en el agua del pantano temblaba a punto de desvanecerse como un sueño y el real, el que parecía querer desplegar un telón y dejarla sola y desolada en medio del recorrido. Quitó la vista de allí y siguió adelante. De nuevo no quedaba otra. La carretera estaba a punto de evaporarse pero una leve claridad la mantenía bajo sus pies. 

Y llegó otra vez al puente, y sintió que era diferente, que cuando lo atravesara ya no estaría allí, que perdería su invitación a la ida y vuelta. Así que volvió a acelerar y a agitar más su corazón. Corrió con todas sus ganas y pasó entre las sombras de los árboles que se habían ido dándole la razón, delante de los muertos que seguían igual de muertos sin el sol y del Pegaso que nunca tuvo alas. Se detuvo entre jadeos y apagó el gps. Ya era de noche. Con el sudor que tal vez no era sudor resbalando por las mejillas regresó a casa caminando y sintiendo que su deseo se le había escurrido entre los dedos de las manos como si fuera arena.

Cuando llegó a la calle donde vivía se paró. La fragancia de los jazmines seguía allí, incluso parecía más intensa. Cruzó la carretera y acercándose a la valla aspiró con fuerza. Aquello calmó su inquietud. Entró en el portal y en el ascensor se miró en el espejo. El rostro cansado y resignado que vio le mostró una leve sonrisa. 

El sol siempre se pone...quizá nunca deje de hacerlo...pero en aquella ocasión lo había hecho regalándola colores, olores, y tal vez tactos y sabores, que bien había merecido la pena haberlo deseado.