Es tan grande la experiencia vivida ayer, y tan llena de recuerdos y de imágenes, que ordenarlas y resumirlas en una crónica va a requerir algunos días. Pero lo que si puedo ir contando es que logré llegar en un tiempo muy bueno para mí, 03:58:53, sufriendo pero disfrutando del recorrido y de las sensaciones que solo quien ha participado en una prueba así conoce. 



Correr un maratón, y más el primero, es sonreir con mariposas en el estómago mientras se toma la salida, disfrutar de kilómetros llenos de promesas, ilusión, personas en la mente a quien dedicar esa alegría que se siente, bromas alrededor, gestos burlones ante una cámara, pasos firmes con la mirada al frente llena de orgullo...todo esto es antes de llegar a la mitad...porque pasada esa linea también es cansancio, dolor, silencio alrededor, gestos desencajados ante la misma cámara, personas en la mente a quien dedicar el esfuerzo, pasos cortos e inestables con la mirada en el suelo, lucha y más lucha interior...y cuando esa lucha parece que no tiene fin y apretar los dientes es lo único que queda...llega el extasis maratoniano... ese ultimo kilómetro donde ya no duele nada, donde ya no hay pasos ni firmes ni cortos porque se vuela... ese paseo hasta el arco de meta donde ponga el crono que ponga se siente durante unos instantes que todo se puede, que somos grandes, fuertes, somos mortales jugando a dioses y diosas del Olimpo que al día siguiente volveremos a nuestros quehaceres diarios y ordinarios doloridos, pero sabiendo que en las piernas y el espíritu llevamos una gloria que no está al alcance de cualquiera...la gloria de ser maratoniano/a.