100 Kms Madrid-Segovia 2011 (Parte II)

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09:45 CERCEDILLA – CALZADA ROMANA
(KM 63 – KM 70)
Después de ajustarme el frontal, colocarme unas muñequeras reflectantes y encender la luz roja intermitente que todos tenemos que llevar obligatoriamente, salgo del polideportivo y de manera inconsciente me pongo a trotar. No llego lejos, el dolor de la uña del pie es demasiado punzante cuando corro. Me da pena pero es mejor que concentre mis energías en aguantarlo andando que es más leve.
Atravieso el pueblo de Cercedilla a paso vivo mientras recuerdo las palabras que unos minutos antes me dijo una mujer en el baño.
¿Y vas a ir sola toda la noche? A mí me daría miedo. Yo que tú me uniría a algún grupo. Si te quieres venir con nosotros…
En ese  momento no pensé necesitar compañía, no tengo miedo de lo que pueda encontrar ni de lo que pueda pasar, pero al fondo veo a una chica y a un hombre que ya van subiendo camino de las Dehesas mientras charlan animadamente y pienso que no es mala idea ir entretenida con alguien. Cuando llego a su altura me lo ponen fácil, en seguida me dan conversación y me uno. Él participa en una ultra maratón por 10ª vez, viene desde Mérida y no pierde nada de aliento mientras habla con la misma energía con la que anda. Ella participa por primera vez, como yo, y se mueve también con bastante ligereza ayudada por dos bastones. El desnivel cada vez se acentúa más y empieza a costarme seguirles el ritmo. Salimos de la zona urbanizada, ya no hay luz de farolas que nos iluminen y encendemos nuestros frontales. La charla es animada pero se me están cargando los gemelos. Miro mi GPS, quedan 5 kms para el punto de control y muchos más hasta Segovia.
Chicos, yo voy a aflojar. Prefiero ir algo más despacio.
Para mi sorpresa ella opina lo mismo así que Susana, que así se llama, y yo, nos quedamos juntas. Despedimos a nuestro fugaz y experimentado compañero y mientras vemos su luz roja intermitente alejarse, nos acomodamos a un ritmo de alrededor de 5 kms/h.  Mientras hablamos siento frio. A medida que subimos se nota como la temperatura va bajando, de vez en cuando sopla el viento y el movimiento cansino que impone una cuesta como la que recorremos parece que ralentiza el tiempo y me hace sentir pesada y sin energía. Parece que mi dedo del pie duele menos pero temo el momento en que abandonemos la calzada para adentrarnos en la pista pedregosa. Miro a Susana y su paso con los bastones se ve firme y seguro.
¡Como me arrepiento de no haber traído los bastones!
Ella insiste y me deja uno de los suyos. En esos momentos no sabe que acaba de salvar mi aventura.
Bastón en mano parece que recobro algo de ilusión y a las 23:45 aproximadamente llegamos al punto de control de la calzada romana. Llego con ganas de descansar pero al pararnos tengo mucho frio, así que un sello más, algo de beber y a continuar. Próximo avituallamiento: Alto de la Fuenfría, a 8 kms.

23:50 CALZADA ROMANA – ALTO DE LA FUENFRIA
(KM 70 – KM 78)
No sé en que momento abandonamos el asfalto pero ahora pisamos tierra y el paso ya es menos firme. El bastón me ayuda a sujetar mi pisada y evitar más dolor. De vez en cuando pasan voluntarios en bicicleta que nos animan con sus comentarios. Les preguntamos por lo que queda de subida.
Un poquito. Todavía queda un poquito.
Terminan reconociendo que hasta 2 kilometros antes de la Fuenfria no empezaremos a llanear. Eso me desilusiona. Me siento muy cansada y cada vez tengo más frio. Nuestra conversación empieza a tener largos silencios por lo que intuyo que mi compañera también va cansada. Miro compulsivamente mi GPS cada 200 metros y me empiezo a agobiar. Por primera vez en todo el día se me pasa fugazmente por la cabeza la idea de abandonar. Es tan fugaz el pensamiento que no me lo tomo en serio.
¿Abandonar? ¿AquÍ? ¿Y que iba a hacer? ¿Esperar helada de frio hasta que pasara un voluntario en bicicleta para tener que volver a esperar a que algún vehículo me recogiera?
La idea de pasar más frio quieta que andando me espabila. No hay más remedio que seguir. Vuelvo a mirar el GPS, faltan 5 kilómetros para acabar esta etapa.
¡¡¡5 kilometros!!!! ¡¡¡¡Eso es una hora!!!!
Sí, otra hora más andando.
No sé si voy a poder.
Entonces me doy cuenta de que no estoy llevando una buena estrategia psicológica. No puedo seguir lamentándome por tener que andar 5 kms cuando en realidad todavía me encuentro a 27 de Segovia. No puedo seguir lamentándome cuando no vale un “no puedo”. De pronto recuerdo una de mis frases favoritas y que escribí en este blog a propósito de la historia de la deportista Monique Van der Vorst : “Si algo no te gusta cámbialo. Si no se puede cambiar, cambia de actitud”.
Es hora de volver a intentar disfrutar de esta experiencia. Me concentro en lo que me rodea. Estoy cruzando la montaña de noche. Los árboles son altos y apenas dejan ver el cielo, pero de vez en cuando se abren claros y aparecen las estrellas. Que bonito es el cielo estrellado y que desapercibido pasa a menudo. La montaña también habla de noche, pero habla menos de lo que yo esperaba aquí arriba. Es como si lo hiciera susurrando, las ramas que se mecen por el viento, algún solitario grillo y de repente… ¿un búho? ¿una lechuza?
¡He oído un animalito nocturno!
Seguro que nuestros antepasados sabían reconocer cada sonido de la noche y una muchacha de ciudad como yo no sabe distinguir una lechuza de un búho. Aun así me ha hecho ilusión. Vuelve a sonar y me sonrío. Se levanta aire, bastante aire, y es frio, muy frio. Esto me saca de mis pensamientos bucólicos. Miro el GPS, nos quedan solo 2 kilometros y yo no siento que el camino llanee. Susana me recuerda que en el Alto de la Fuenfría nos darán un caldo caliente.
¡El caldo caliente! ¡Lo había olvidado!
Gloria bendita, eso es lo que es esta noticia. Mis piernas parecen recobrar vida y mi cabeza no para de repetir “caldo caliente, caldo caliente”, así que como si de una zombi se tratara me concentro en los dos o tres metros del camino que ilumina mi frontal y ando hacia el caldo prometido.
Llegamos al Alto de la Fuenfría sobre la 01:40 de la madrugada. Mientras bebo a sorbitos el caldo me doy cuenta de que ya es domingo 18 de septiembre. Llevo más de 16 horas en esta historia. Empiezo a estar realmente cansada y cada vez es más difícil disfrutar de lo que estoy haciendo, para que nos vamos a engañar. Pero tengo que seguir. Apuro el vaso y tras sellar mi credencial veo en un cartel que el siguiente avituallamiento está a 11 kms.
01:50 ALTO DE LA FUENFRIA – CRUZ DE LA GALLEGA
(KM 78 – KM 89)
El caldo parece que nos ha revivido, por lo menos durante la siguiente media hora en la que charlamos animadamente y nuestros pensamientos son más positivos. Pero el efecto llega a su fin y la realidad me engulle. Desde la Fuenfría empezamos el camino de descenso. Esto en otras condiciones sería una buena noticia, en mi caso es de las peores. El terreno es muy pedregoso y a medida que bajamos mis pies no dejan de irse hacia los lados y chocar con la parte delantera de mis zapatillas. De vez en cuando veo las estrellas, y no están precisamente en el cielo. Después de tantas horas en movimiento se hace difícil llevar un paso seguro levantando lo suficientemente las piernas así que a menudo me golpeo con alguna piedra que estorba en el camino. Agarro con fuerza el bastón y me voy ayudando con él. Le doy las gracias de todo corazón a Susana. Sin bastón estaría perdida.
El pedregal continúa durante un tiempo y un espacio que se me hacen infinitos. Conozco el camino y sé que tiene que llegar una pista asfaltada. Pero no llega. A los dolores de mis pies, abductores y gemelos, se han añadido los de la espalda y el cuello contracturado. La mochila y la posición con la cabeza fija en el frente durante horas tienen estas consecuencias. De repente tengo ganas de mandarlo todo al carajo, de pararme y patalear como una niña pequeña mientras lloriqueando digo que ya está bien, que ya me cansé, que quiero que me cojan en brazos y me lleven a casita. Y me paro… pero no hay lloriqueo ni pataleo. Me  siento en cuclillas tratando de estirar mis lumbares que también se quejan, y durante unos segundos me encojo y me hago piedra. Se oye crujir de madera y el bastón de Susana que se acerca.
¿Estas bien?
Sí, solo estaba estirando.
No creo que sonara convincente, pero su cara también denota cansancio y ya lo único que importa es que me levante y continúe andando, y eso hago.
Por fin pisamos asfalto. Después del pedregal caminar por él es como pisar un lecho de rosas. Incluso los dolores parecen atenuarse. A lo lejos vemos luces rojas intermitentes. Pronto las alcanzamos. Son un grupo de chicos. Susana habla con uno de ellos. Yo no tengo ganas de mucha conversación y me limito a escuchar frases del estilo de “no puedo más”, “voy fatal”, “no voy a llegar”… Entonces decido tirar hacia delante, solo me faltaba un club de fans para mis fantasmas. Yo también voy fatal y siento que no puedo más pero quiero intentar engañarme una vez más. Y me repito hasta la saciedad que si puedo, que no lo voy a dejar ahora que… miro el GPS, tan solo quedan 16 kilometros. Pero de repente mis ideas suenan a cuento chino, 16 kilometros pueden suponer otras 3 horas andando y mi cuerpo pide una cama donde descansar. Empiezo a imaginarme durmiendo en mi habitación y mis pasos se vuelven cada vez más lentos, más pesados. Incluso a veces noto que me voy hacia los lados. Por el rabillo del ojo me parece ver cosas que se mueven a mi lado del camino…
¡Quieres frutos secos!
La voz de Susana me saca del extraño trance en el que estaba. Miro la bolsa que sujeta su mano y no tengo hambre.
No, gracias.
Después pienso que no me vendría mal un puñado de nueces, que igual estoy falta de energía, le pongo la mano como pedigüeña y me obligo a comer. Miro otra vez el GPS. Ya se apagó. Muchas horas para su batería. Siento que he perdido a mi mejor compañero de viaje. Susana me confirma que en casi una hora estaremos en La Cruz de la Gallega, punto en el que nos darán un café. La noticia me alegra parcialmente, una hora más es una eternidad para que mi viaje realmente no acabe en ese punto, sino que todavía me queden 11 kilómetros más. Empiezo a pensar que no está mal si en mi primer intento llego al kilómtro 89. Esto ya es un logro. Además el tiempo que estoy tardando no era lo esperado y puedo intentarlo el año que viene con mejor preparación. Y sobre todo… la gran frase… “se trata de disfrutar”. Y ya no estoy disfrutando.
Llegamos a la Cruz de la Gallega, sello mi credencial y me siento en una silla que veo vacía. Un voluntario me ofrece un vaso con café. Mientras lo bebo sorbo a sorbo, a mi lado se sienta un señor de pelo canoso que probablemente pase de los sesenta años de edad. Me sonríe.
¿Qué tal?
Bien.
¿De verdad?
Sí, claro. Bien.  – responde tajante pero sin dejar de sonreir.
¿En serio puede decirme que va bien en el kilómetro 89?
Sí, mujer. Bien porque no nos queda nada.
¡Nos quedan todavía 11 kilómetros!
¿11 kilómetros? Pues entonces habrá que comer algo. ¿Quieres?
El hombre saca de su mochila un pequeño bocadillo de tortilla de patata y me ofrece volviendo a sonreír. Rehúso y se lo agradezco. Él piensa que el bocadillo, pero yo le agradezco otra cosa, su actitud. Apuro el café, me despido deseándole suerte y me levanto.
 04:15 CRUZ DE LA GALLEGA - SEGOVIA
(KM 89 – KM 100)
La cafeina me ha dado alas. Ha despejado mi cabeza y parece que reducido el cansancio. Al fondo se ven las luces de Segovia y Susana y yo caminamos hacia ellas.
De repente, me acuerdo de mis amigos y mi familia que han estado pendientes de mis andanzas el día anterio, ahora seguro que duermen. Siento que tengo que seguir, para que cuando despierten, pueda decirles que mereció la pena su interés y sus muestras de cariño, que lo conseguí. Sólo quedan 11 kilómteros, algo más de 2 horas de caminata que ahora se me antojan cortas. Ya no soy consciente de mis dolores y me invade cierta alegría. Será la cafeína…
Y andando, andando llegamos incluso a alcanzar a otros participantes. El que más me sorprende es un hombre de 72 años que camina muy concentrado con una linterna en la mano.
Buenas noches, ¿Cómo va? ¿Todo bien?
Sí, bien, bien, pero es que aquí hay muchas piedras en el camino y así de noche… no puede ser…
Le adelanto asombrada. El hombre se queja ahora de las piedras en el camino… ¡y llevaba mejor ritmo que nosotras, que hemos tardado más de 89 kms en adelantarlo!
El efecto de la cafeína se va acabando pero algo me hace seguir conservando un ritmo vivo. Paso revista a mi cuerpo y lo siento dolorido, pero una fuerza interior tira de mí como si no le importara. Susana va detrás mío y voy animándola de vez en cuando. Las luces de Segovia están ahí mismo, pero se acercan lentas y se hacen de rogar y empiezo a impacientarme. Recuerdo que hace una hora estaba a punto de abandonar y ahora todo parece mucho más fácil.
Por fin llegamos a las afueras de Segovia. Conozco esa rotonda. Una ligera emoción me sube a la garganta. Se que solo me quedan unas calles y lo habré logrado.
¿De verdad lo voy a conseguir?
Aprieto el paso otro poco.
Si pudiera entrar corriendo como tantas veces he visualizado mi entrada…
Sin darme cuenta cruzo por un paso de peatones trotando con el bastón en el aire. Susana me dice que tire. Le devuelvo el bastón, le doy toda la gratitud que me queda y dándole ánimos me despido. Empiezo a trotar calle abajo alcanzando a otros participantes que van destrozados. Bromean al verme correr. Llega una cuesta y la subo andando. Vuelvo a trotar mientras busco desesperada las señales que me indiquen que calle tomar. Dos jóvenes que a esas horas deben de venir de juerga me ven.
¡Por allí, por esa calle! Venga que el acueducto está ahí mismo. ¡¡¡Vamos campeona!!!
Sus aplausos retumban en la noche silenciosa segoviana. Y no sé si sus ánimos eran más cachondeo que otra cosa pero lo cierto es que me hacen apretar y entrar corriendo en la plaza semivacía que custodia el imponente Acueducto de Segovia. No hubo fanfarrias, ni música, ni portalón que cruzar, ni gente a ambos lados animando… al fondo tan solo un fotógrafo y una carpa donde algunos organizadores aplauden junto a un contador que marca 21 h 15 m 32 s. Levanto un brazo y sonrio. Me cuelgan una medalla y me dan la enhorabuena.
No siento la euforia que había soñado y entre nauseas y dolores me voy hacia el polideportivo en busca de mis cosas. Ya en el autobús de vuelta a Madrid me invade la paz y me quedo dormida mientras agarro mi medalla. Lo he conseguido. 

Quizá corro porque necesito sentirme creador; necesito saber lo que hay dentro de mí y plasmarlo en algún lugar del exterior… Una carrera es como una obra de arte; es una creación que, a parte de la técnica y el trabajo, necesita de la inspiración para poder completarla con satisfacción. Y también es efímera, porque como un mandala budista, se disfruta durante su creación y en el momento más álgido, en el punto que ha alcanzado su prefección, desaparece para siempre y será imposible volver a crear la misma carrera. Habrá carreras similares, reviviremos emociones parejas y sentiremos sensaciones conocidas, pero nunca tendrá la misma forma porque la inspiración nos llevará a explorar otras formas. (*)

He de reconocer que no ha sido la carrera que esperaba a nivel deportivo y me queda esa espinita clavada, pero también sé que no estaba al nivel físico que requería, ni tengo la experiencia como corredora que se necesita para enfrentarse a un reto como este de otra manera. Pero si algo he aprendido es que el camino es largo, no es fácil y cuesta, pero con constancia, perseverancia y esfuerzo se llega más lejos de lo que esparamos, y... ¡Que carajo! ¡Tardé algo más de 21 horas pero he recorrido una distancia que hace tan solo un año ni hubiera imaginado!



No puedo cerrar esta entrada, esta aventura y este ciclo sin dar las gracias a todas y todos los que me habeis apoyado, familia, amigos y bloguer@s. Sin vosotros y vosotras esta historia hubiera sido diferente. Con vuestros ánimos y muestras de cariño habeis hecho que mi locura haya sido más grande, pero sobretodo... más real. Gracias de todo corazón.

Nos veremos en el camino.



(*) Kilian Jornet "Correr o morir"

100 Kms Madrid-Segovia 2011 (Parte I)

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A través de la persiana entra luz. Ya es de día y abro los ojos  sin el aullido del despertador. Si no fuera por los dolores que se van despertando también  a cada movimiento de mi cuerpo, éste hubiera sido uno de mis despertares más apacibles en mucho tiempo. Es lunes y son las 09:30 de la mañana, ya casi han transcurrido 48 horas. En la mesilla está el libro de Kilian Jornet, de cuya lectura me he ido alimentando durante la semana previa a mi locura. Me incorporo de la cama y compruebo que hoy me duele más que ayer. Cada rincón de mi musculatura pide clemencia y solicita audiencia con el descanso. Me vuelvo a sentar en la cama lentamente, miro el libro y me pregunto ¿por qué corro?  



“Podría dar la excusa de que quiero volver a sentir la subida de endorfinas al cansarme… Podría decir que corro por el bienestar que me aporta, por la salud o para poder desconectar de los problemas. Podría ser para suprimir algunas pulsiones reprimidas durante mi niñez o para lograr pertenecer a algún grupo… Quizá es para perseguir mi destino o para escapar de mis miedos. Quizás es para reencontrar el entorno romántico que hemos perdido en nuestras actuales vidas o crearnos nuestra historia dramática y heroica…”  (*)

A mi cuerpo no le vale y vuelve a quejarse mientras camino lentamente hasta la cocina en busca de mi desayuno. Y ya con esa taza que sujeta mi mano vuelve a insistir. ¿Por qué corro? ¿Por qué 100 kms si luego duele tanto?


SABADO 17 DE SEPTIEMBRE DE 2011

08:30 FUENCARRAL
Falta media hora para la salida y estoy algo nerviosa. Los miedos de los días anteriores han desaparecido y ahora los nervios son fruto de la excitación que me produce estar rodeada de gente sonriente deseosa de empezar esta aventura y por supuesto, de la alegría de haber llegado hasta aquí y tener la certeza de que llego llena de ilusión y ganas de luchar hasta el final.

La única cara desconocida-conocida de la blogosfera que veo por allí es la de Kike. Aprovecho que me cruzo con él para saludarle y desearle suerte en persona. Su cara denota también mucha ilusión y muy buena energía. Intercambiamos unas pocas palabras y me despido para dirigirme a sellar mi credencial. La primera concha de mi viaje.


9:00 FUENCARRAL-TRES CANTOS
(KM 0 – KM 12)
Dan la salida y un enorme pelotón trota calle abajo. Yo me encuentro hacia la mitad. El ritmo de salida es diferente al de otras carreras, se nota que para la mayoría nuestra mejor MMP será llegar a Segovia. Se oye a la gente charlar, reir y bromear. El ánimo está en lo más alto. Se espera un día soleado y despejado pero todavía no aprieta el calor.


Cuando tan solo llevamos apenas un kilómetro, tras una cuesta en Montecarmelo, me noto rara. De nuevo mis temidas pulsaciones. No quiero mirar el pulsómetro pero me toco el pulso en el cuello y lo inevitable es inaplazable. Miro la pantalla de mi reloj… 185bpm.
¡No me lo puedo creer! Ahora, no. ¡Acabamos de empezar!
Me pongo a andar a la espera de que bajen pero el margen que me dejan mis latidos no es muy amplio así que me pongo a trotar. Pienso en lo que pasaría de seguir corriendo así y sé que, tratándose de una ultra distancia, no llegaría muy lejos aunque corriera despacio.
¡No puedo ser negativa! Busca algo positivo. Acorta la meta.
Decido no pensar en 100 Kms. y pienso en 10, que son los que me quedan hasta el primer avituallamiento en Tres cantos. Soy algo kamikaze y de no serlo no estaría en una prueba como esta, así que me la juego, echo un órdago nada más empezar con la primera mano de cartas.
Correré despacio hasta allí y tras un breve descanso veré que pasa con este corazoncito.
Me concentro en la gente que va a mi alrededor, en sus conversaciones, los consejos que se dan unos a otros, en sus camisetas que anuncian “glorias pasadas”, en las pocas mujeres que veo… Los kilómetros pasan veloces casi al ritmo de mis pulsaciones, que dan picos increíbles (210) en algunos momentos, como increíbles son mis sensaciones, no son del todo buenas pero no me impiden seguir corriendo cuando la orografía del terreno lo permite. El recorrido de esta etapa está lleno de toboganes donde la mayoría de corredores dejamos de correr en las subidas para ser alcanzados por marchadores increíbles que parecen subir por escaleras mecánicas.


Y entre sube y baja, te adelanto, me adelantas, llego a Tres Cantos alrededor de las 10:25 donde me espera mi padre cámara en mano para inmortalizar el momento y saludarme. Tomo algo de fruta y agua que me ofrecen los voluntarios y voluntarias de la organización y sello mi credencial. A mi alrededor sigo viendo caras felices y sonrientes, todos y todas deseando continuar, así que sin prisa pero con más pausa de la esperada retomo el camino.
10:45   TRES CANTOS-COLMENAR VIEJO
(KM 12 – KM 23)

Empiezo a correr y compruebo con tremenda alegría que mis pulsaciones están donde debían, 135-140. No entiendo que ha pasado en la etapa anterior pero si era una broma de mi cuerpo la única gracia que ha tenido ha sido la de poner a prueba mi mentalidad nada más empezar y comprobar como no caía en la desesperación.
Los primeros kilómetros se suceden por una parte del carril bici de la M-607, lo que supone que algún ciclista malhumorado nos recrimine que haya gente invadiendo “su territorio”. El calor sigue sin apretar mucho pero voy hidratándome a menudo de la bebida isotónica de mi camel-back y tomo mi primer gel para reponer fuerzas. Sé que al final de esta etapa me tendré que enfrentar a una larga cuesta camino del cementerio de Colmenar Viejo, y no es plan de pasar por allí sin muchas fuerzas.
Tras abandonar el carril bici el camino se transforma en vías pecuarias que de vez en cuando pasan por pequeñas zonas arboladas donde la temperatura es algo más fresca y se agradece. Adelanto a gente que luego me adelanta, nos sonreímos y bromeamos, veo vacas y terneros, escucho pájaros, huele a campo y a lo lejos se perfila la torre de la basílica de Colmenar Viejo. No me siento cansada pero necesito sentir que no queda mucho. Recuerdo que mi madre estará de voluntaria allí en el puesto de avituallamiento y eso me da ánimos, como en la anterior etapa saber que estaba mi padre. Aunque sea poco el tiempo que les vea es de gran ayuda saber que estarán, están y han estado allí.
Y el camino deja los árboles, y sin árboles ya no cantan los pájaros, ni hace más fresco… ahora el sol pica y parece que he entrado en un horno.



Los corredores nos vamos distanciando y el perfil se levanta y aunque el ritmo que llevo es bastante lento (6’40’’-7’30’’) siento por primera vez que hay que empezar a tirar de fuerzas. Y tiro, pero poco, porque cuando veo al fondo  a la Sra cuesta del Sr cementerio…
¡Pa’ti la cuesta que me queda mucho de carrera!
Decido andar los 2 últimos kms y, piano piano, entro en mi pueblo vecino con la mejor de mis sonrisas y dando las gracias a la Guardia Civil que para el tráfico. Llegar al kilómetro 23 de carrera con las buenas energías que llevo se lo merece. Son las 12:30 aproximadamente cuando entro en el Colegio Rosa Chacel, punto de avituallamiento, control y descanso. Sello mi credencial y me dirijo hacia una mesa donde hay una señora muy concentradita partiendo sandia a destajo rodeada de un tumulto de corredores sudorosos que se abalanzan sobre la fruta.
¡Ahí, va! ¡Pero si esa señora es mi madre!
Nos fundimos en un abrazo mientras el tumulto, que sigue sudoroso, se tiene que esperar, pues esta señora se debe a asuntos importantes como darle ánimos a su hija, que se ha metido en esta locura, Dios sabe porque, pero que de momento está enterita y todavía sonriendo.
Repuestas de nuestro apasionado momento cada una a su tarea. Ella a saciar a las fieras que venimos sedientas y yo a saborear el trozo de sandía más exquisito de mi vida. ¡Que sandía, madre mía! No sigo porque soy capaz de dedicarle una entada enterita.

Y después del festín frutal, unos estiramientos y a sentarme unos minutos. Entonces es cuando observo que no es oro todo lo que reluce a mi alrededor, que ya hay caras demasiado cansadas, gente quejándose de sus pies, ¡¡¡incluso ya les han aparecido ampollas!!! Entonces me siento afortunada, pues me siento fresca, no tanto como la sandia, pero sí bastante para llevar ya casi un cuarto de carrera y no me duele nada.
¡Es hora de levantar el vuelo!
Lleno mi mochila de hidratación, me despido de la mía mamma y a seguir.
13:15   COLMENAR VIEJO-PUENTE MEDIEVAL
(KM 23 – KM 32)
Al salir del colegio me llevo una grata sorpresa cuando leo en un cartel que el siguiente punto de avituallamiento está tan solo a 9 kms. Al resto de información, como los kilómetros que nos quedan hasta Segovia no les hago ni caso, no quiero enturbiar mi paz interior con cifras escandalosas a estas alturas de carrera. Me abrocho la mochila, me chuto otro gel y a trotar.

Los primeros kilómetros de esta etapa recorren calles desiertas de urbanizaciones desiertas a las afueras que se hacen interminables. Voy adelantando gente. Todo el mundo anda. No sé si la solana que está cayendo o que se han pegado algún que otro festín a parte de la fruta (porque estos ojitos vieron tarteras de macarrones), pero el caso es que todos andan y sin ser la más veloz, estos andarines me hacen sentir ligera y me suben la moral. Como las calles no acaban y la cosa está siendo aburrida de narices, saco mi arma de destrucción masiva contra el aburrimiento… ¡tachan! Mi MP3 cargadito de música house cañerita. Y me enchufo a la caña musical de tal forma que hasta creo que subo el ritmo de carrera y es tal el buen rollo que me entra, que en el último paso de cebra antes de entrar de nuevo en el campo, saludo casi en plan militar a la guapa Benemérita que estaba cortando el tráfico.
¡Muchas gracias majaaaaa!
Me ahorraré la descripción de la cara de esta miembro de la Guardia Civil y su compañero. En fin, esto es lo que pasa por mezclar endorfinas, David Gueta, sandia de la buena la mejor, mientras corres pensando que  no te queda nada para llegar a Segovia (cuando en realidad te quedan nada más y nada menos que unos 73 kms). Y lo malo de esta mezcla no es ese ridículo saludo, sino que la hago sin ser consciente de la hora que es, de que cae un sol de justicia, y de que no llevo una gorra que me proteja. ¿Resultado? Una migraña que en pocos minutos pasa de ser leve a espantosa, que me hace dejar de correr y que por poco no me hace vomitar la famosa sandia. Pero si algo tiene sufrir de migrañas desde la infancia es ir acompañada siempre del remedio pastillero, así que pa’dentro y a esperar a que surja efecto. Y mientras, a andar, porque desgraciadamente en el punto en el que me encuentro no hay ni una puñetera sombra donde descansar. Eso sí, saco mi gorra y a cubrirme esta cabeza tan grande que me ha tocado, hasta que no quede gota de sol. Y con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados para que me entre lo mínimo de luz, voy andando el camino. Trato de pensar en cosas positivas para no centrarme en el dolor y mantener la certeza de que va a desaparecer.
Siempre desaparece, tarde o temprano.
Y andandito medio adormecida, sin olvidarme de ir bebiendo para no deshidratarme, no sé en que momento, la migraña se evapora, y cuando soy consciente me entra tal alegría que  me enchufo de nuevo la música y me pongo otra vez a correr. Además el recorrido es de los que me gustan a mí, con bajadas y con rocas, para tener la mente entretenida en el lugar donde ir posando los pies. De nuevo voy adelantando a alguna persona y con un ritmito bastante majo (abstenerse de valorarlo maratonianos y maratonianas) llegué al Puente Medieval (km 32) sobre las 14:40.

Allí otro sellito para mi credencial, una botellita de agua que echarme por encima, un vaso de cocacola para refrescarme y otro gel. Y sin yo esperarlo, en este punto también tengo la alegría de ver a otra persona conocida, mi amiga Cris. Me hace muchísima ilusión su presencia y ella que es deportista sabrá la cantidad de buena energía que dan estos momentos.
14:50   PUENTE MEDIEVAL-MANZANARES EL REAL
(KM 32 – KM 40)
Y tras un breve descanso emprendo de nuevo el camino pensando que tan solo me quedan 8 kms para llegar a mi pueblo. 8 pequeños kilómetros para contemplar la belleza de la Pedriza al fondo, con el pueblo de Manzanares el Real a sus pies y el embalse de Santillana.
Conozco este trayecto, por él he entrenado muchas veces este verano, y eso me hace sentir confiada y saber que me puedo permitir andar algún tramo que es cuesta arriba, ya que luego vendrá una estupenda bajada en la que disfrutar y recuperar. Además el suelo es bastante pedregoso y siento que mis pies ya están algo sensibles, siento una ligera molestia en la parte delantera de ambos dedos pulgares. Las zapatillas que llevo no son muy amplias y supongo que con el calor el pie hinchado empieza a estar algo justo. Pero contaba con ello y previsora que es una, junto al avituallamiento de Manzanares dejé mi coche con un par de zapatillas un numero mayor para cambiarme y a estas alturas de carrera estar más cómoda. He aprovechado en algun avituallamiento a echarme vaselina y cambiarme de calcetines, pero aún así empiezo a temer las inevitables ampollas. Sorprendentemente me siento muy bien de ánimo y de energías, no tengo nada de cansancio, ni ninguna molestia muscular o articular, e incluso me planteo que si sigo así quizá pueda hacer algún tramo de noche corriendo.
¡Y voila! Una de mis vistas favoritas.

Y tras contemplar esta maravillosa panorámica llega la bajada rocosa y a volar… Como cabra voy saltando y esquivando piedras y caminantes, que no son de la carrera y que no sé de donde han salido pero son muchos. Y entre salto, pasito corto, pasito largo….
Ay, ay, ay, ay……
Cuando llego abajo soy consciente de que teniendo la molestia que tenía en la parte delantera de los pies, lo que acabo de hacer es lo último que tenía que haber hecho. Creo que me acabo de cargar las uñas de mis pies. Continuo corriendo, ya es llano y queda menos de un kilometro para llegar al control. Llego allí (km 40) alrededor de las 16:25 y después del sello de rigor en la credencial, me dan un plato de pasta que me hace olvidar cualquier dolor.

Con que poquito una es feliz en estas aventuras.


Me zampo el plato de pasta y voy a por mis otras zapatillas. Es hora de examinar mis pinreles.

16:45   MANZANARES EL REAL-MATAELPINO
(KM 40 - KM 48)
El examen podológico no ha ido tan mal. Viendo el estado de los pies que había a mi alrededor los míos son para premiarlos o exponerlos en un escaparate. Tan solo me ha aparecido una pequeña ampolla en el meñique izquierdo (que queda arreglado con un compeed) y mis uñas de los pulgares las imaginaba tan mal que aunque me duelen, con las zapatillas que me acabo de poner, no representan impedimento para seguir corriendo otro poco. Me cambio también de camiseta y corriendo muy despacio, completo casi el total de los 8 kilómetros que me quedan hasta Matelpino. El último, con una estupenda subida, lo hago andando, y llego a la plaza del pueblo alrededor de las 18:00. Reconozco que llego ya algo cansada pero con la moral alta y con ganas de hacer el tonto posando para la posteridad.


Otro sellito para mi credencial, frutita fresca, un gel y a continuar, que quiero llegar antes de que anochezca a Cercedilla, pues allí tengo mi frontal y mi linterna, y todavía quedan hasta ese punto 15 kms. Pero para no agobiarme mucho, mejor pienso en que hay un avituallamiento intermedio en 8 kms, Navacerrada (La Barranca).

18:15  MATAELPINO-NAVACERRADA (LA BARRANCA)
(KM 48 - KM 56)
El sol ya no calienta mucho y la temperatura es estupenda, es hora de quitarme la gorra porque creo que va a hacer falta despejar ideas pronto. Me pongo a trotar pero me doy cuenta de que el desnivel se empieza a acentuar. Vamos camino de Navacerrada y subir por estos lares no es moco de pavo. Troto muy despacio por unos senderos que suben y bajan mientras me acerco al ecuador de la carrera, el km 50. De repente soy consciente de lo que llevo recorrido. Mientras el sol empieza a caer entre las montañas va dejando destellos que se cuelan entre la hierba alta y seca del camino, me percato de la belleza del momento. Sopla una leve brisa y rodeada de este paisaje y de silencio, solo a veces roto por el sonido de los bastones de algun otro participante, me doy cuenta de que tengo medio sueño entre mis manos. De que parece que el trabajo realizado en los últimos tres meses ha dado algo de fruto, pues llego bastante entera a este punto, pero también sé que no me puedo confiar, que queda lo más duro. Queda la parte en la que de poco sirve tu cuerpo si tu mente no te acompaña.
¿Y a mí me acompaña mi mente?

Delante de mí la imponente Barranca. El camino es una larga, larguísima recta de subida. La subo andando mientras sigo sumida en mis pensamientos. El sol está cada vez más escondido. Llego al punto de control sobre las 20:00. Llego cansada y los últimos kilómetros me han dejado una mezcla de aburrimiento y sopor.

Otro sello en la credencial y cuando voy a coger una botella de agua veo que todavía llevo la del anterior avituallamiento llena en la mano. Bebo un trago y observo las caras de la gente a mi alrededor. Ya nadie conserva la chispa y frescura de las primeras etapas. Esto parece un funeral, junto a mí un chico que dice ser duatleta, aquejado de una ampolla en el talón, casi pone a Dios por testigo a lo Vivien Leigh de que no repetirá nunca más una carrera así, y dice que abandona, al otro lado oigo como una pareja resopla mientras hablan de los kilómetros que quedan…
¡Demasiada energía negativa!
Me informan de que la próxima etapa, 7 kms hasta Cercedilla, son casi todos de bajada, así que apuro mi botella de agua y decido que es momento de volver a sacar mi arma de destrucción masiva contra este tipo de energías y salir pitando.

20:15  NAVACERRADA (LA BARRANCA) - CERCEDILLA
(KM 56 – KM 63)
Enciendo el MP3 y a ritmo de house me vuelvo a poner las pilas. Comienzo a correr mientras carretera abajo contemplo como cae la noche. Me siento ligera, no siento dolor alguno, ni cansancio, siento el frescor de la tarde, siento alegría, la carretera ahora es camino que se adentra bajo los árboles, siento paz, siento que el movimiento mana de mí, siento que todo fluye… subo alguna cuesta andando y vuelvo a bajar volando.

¿Cómo es posible sentirse así de bien? ¿A estas alturas de carrera?
No lo entiendo pero me dejo llevar y me sonrio, y sonrio a los árboles, y sonrio al cielo, y sonrio a la tierra, y de tanto sonreir el pueblo de Cercedilla me sorprende sonriendo a sus calles.

¿Queda mucho para Cercedilla?
¡Ya estás en Cercedilla, chiquilla!

Ya estoy en Cercedilla, km 63, son las 21:05. Es de noche y dejo de correr, camino la cuesta arriba que hay antes de llegar al polideportivo. Apago mi música y de pronto… a pocos metros de la entrada el “flow” desparece para dejar paso a la cruda realidad. El cansancio me cae encima como una losa y creo que he vuelto a cometer otra insensatez, o quizá la misma. Tengo varios puntos de dolor en mis pies que me hacen incluso cojear parcialmente. Creo que con las últimas bajadas me he cargado el margen de confianza que me habían dado.
En el polideportivo me espera por sorpresa mi padre. No puedo regalarle ninguna sonrisa. Se las ha llevado el “flow”. Intercambiamos algunas palabras y me voy  hacia el interior en busca de algo a lo que aferrarme para continuar con lo que queda.

Los voluntarios y voluntarias de la organización nos ofrecen un plato de paella. No tengo mucha hambre pero me obligo a comerlo. Después recojo la mochila que mandé traer a este punto, me cambio de ropa que abrigue y me dispongo a evaluar los daños de mis más preciadas herramientas para lo que queda de carrera. Mis pies aparentemente engañan y no parecen estar muy mal pero dos ampollas en puntos estratégicos y la inflamación de la uña de mi pulgar izquierdo, que no me permite ni rozarla sin sentir un agudo dolor, me hacen temer que lo que queda de carrera, 37 kms, no solo va a ser duro sino doloroso. Por supuesto descarto mi idea de correr algún tramo, soy kamikaze pero no tanto. Queda llegar al alto de la Fuenfría, prácticamente 15 kilómetros de subida constante (600m aprox de desnivel), con noche cerrada y temperaturas rondando los 8 grados. No he traído bastones.
¡Maldita sea! Sobrevaloré mis posibilidades.
Y las mallas que he escogido para este tramo apenas me abrigan para esa temperatura
¡Maldita sea! Subestime el frio de este lugar.
Me vienen a la cabeza los pensamientos que unas horas antes me rondaban subiendo a la Barranca…. queda lo más duro. Queda la parte en la que de poco sirve tu cuerpo si tu mente no te acompaña. No sé si mi mente me acompaña para lo que me espera, pero sé que solo hay una manera de comprobarlo y yo vine hasta aquí para eso.


(continuara...)



 (*) Kilian Jornet "Correr o Morir"

A 4 dias de 100 kms

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Hoy me he puesto de nuevo las zapatillas después de casi dos semanas hecha una piltrafilla para tareas deportivas, ya sin fiebre ni aerosoles descongestivos. Sólo mis zapatillas y yo. Y he disfrutado al comprobar que todo sigue en su sitio, pulsaciones incluidas. Han sido unos cómodos 5 kilómetros de autoreconocimiento a 6'40''/km, donde el pulso no ha subido de 145 y con los que me he quedado con ganas de más. Pero tan sólo quedan 4 días y los deberes ya tienen que estar hechos.
En la mochila quedan alrededor de 440 kms de trote durante las últimas 10 semanas en un tiempo aproximado de 51 horas 25 min, combinados con sesiones de bici de montaña, spinning en el gimansio y caminatas de trekking.

Las cartas ya están sobre la mesa y no se admiten más apuestas. ¡La suerte está echada!

El sábado a las 9:00 A.M. tomaremos la salida de la II Edición de los 100 kms Madrid-Segovia, más de 400 participantes. Gente de diversos puntos de nuestro país e incluso de más allá de nuestras fronteras se darán cita en esta prueba. Algunos y algunas la andarán, otros y otras la correrán... y habrá quienes como yo, traten de correr lo que se pueda y andar lo que se deje, pero al fin y al cabo todos y todas, sea por superación deportiva, por locura, pasión o penitencia, supongo que trataremos de disfrutarla... porque si no es por este pequeño detalle... ¿quien se apuntaría a una carrera así sabiendo el sufrimiento que conlleva una distancia escrita con tres cifras?

La II edición de los 100 kms Madrid-Segovia empieza en el pueblo de Fuencarral y discurre en gran parte por el Camino de Santiago. A lo largo del recorrido hay diferentes puntos de avituallamiento donde incluso en algunos se nos dará de comer y cenar. Estos puntos van dividiendo el recorrido en diferentes etapas donde habrá que ir sellando una credencial que al final de fé de la hazaña.



MADRID (Fuencarral) (km. 0)
TRES CANTOS. (km. 11.800)  
COLMENAR VIEJO. (km. 22.800)
MANZANARES EL REAL. (km. 40.050)
MATAELPINO. (km. 47.600)
NAVACERRADA
CERCEDILLA. (km. 63.100)
SEGOVIA (km. 100.0)   
 

Tengo la suerte de que la carrera pasa muy cerquita de donde vivo así que eso me ha permitido conocer de primera mano el terreno por donde me tendré que mover y evitar sorpresas. Lo malo que tiene esto, es que si el demonio del cansancio, al paso por mi pueblo me da mucho la vara, la tentación de irme a casita será mayor. Pero para eso tengo entrenada a mi Greta Garbo, para hacerme la sueca.

En fin, que no hay mucho más que decir que lo dicho, que pasado mañana trotaré otro poquito y empezaré a preparar la lista de cosas que tengo que llevar, porque señores y señoras... la suerte está echada.




Enganchada a la botella

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Como  reza el título de esta entrada así me encuentro todas las mañanas desde hace tres días, enganchada a la botella... de oxígeno. Pero no alarmarse, que la cosa suena mal pero se trata ni más ni menos que de la aplicación de aerosoles descongestivos en la sala de enfermería de mi centro médico. La infección de garganta de la semana pasada ha terminado viajando hasta mi oido y ahora es poco o nada lo que oigo por él, cosa nada preocupante para lo que hay que oir a veces, pero sí la congestión que persiste y  su incómodo dolor.  Asi que tras el antibiótico de rigor (que he tratado de evitar todo lo posible, porque dicen que debilita el cuerpo unos días), sesión de aerosoles diaria para ver si la invasión de moco que me congestiona rompe filas y se pierde para siempre.

Ya había leido a través de los blogs de quienes han completado maratones, que es habitual caer enfermo después de la carrera. Pero está visto que mi cuerpo no ha querido esperar y ha pegado un bajón de defensas en este último tramo que me deja en estos momentos con una debilidad inexplicable, unas sensaciones pésimas cada vez que salgo a correr y las pulsaciones muy altas. Ayer salí a rodar media hora y prácticamente no bajé de las 180 pulsaciones por minuto a un ritmo pocilguero de 6'05''/ km.

No entiendo nada. Hace tan sólo tres semanas me sentía fuerte corriendo 25 kms y ahora que se supone que ya no falta mucho... 

Bajo este estado de cansancio pensar en recorrer la distancia de 100 kms se me hace duro.

Por supuesto, mi ánimo se ha visto también afectado. He estado algo alejada de estos lares y de vuestros blogs (mil perdones). No pensaba escribir ninguna entrada hoy. Contar lo que he contado no me parecía digno de mención. Y confiaba encontrame más animada en unos días. Pero he recibido un comentario de Belén Pegasus en la entrada anterior que ha conectado conmigo y que ha significado sa colleja que necesitaba.

"¡Espabila, mujer!"

Desde aquí se lo agradezco. Dicen que "mal de muchos consuelo de tontos", y yo debo ser muy, pero que muy tonta. Conocer que a alguien le ha pasado algo parecido consuela, leer como sus palabras describen como me siento reconforta, pero además en su caso animan. 
Las expectativas que tengo ante mi reto de completar la carrera ahora mismo no son muchas, pero... ¡que diablos! Disfrutaré lo que pueda. Si mi debilidad general no desaparece en la próxima semana saltaré a la arena y torearé los kilómetros que pueda como si fueran los únicos que me faltan. Porque si hay una batalla que se pierde es aquella en la que no se lucha.

Pegasus, tienes razón, "el cuerpo humano es un misterio" así que... ¿por que no tomarme con tal misterio mi carrera?