09:45 CERCEDILLA – CALZADA ROMANA

(KM 63 – KM 70)
Después de ajustarme el frontal, colocarme unas muñequeras reflectantes y encender la luz roja intermitente que todos tenemos que llevar obligatoriamente, salgo del polideportivo y de manera inconsciente me pongo a trotar. No llego lejos, el dolor de la uña del pie es demasiado punzante cuando corro. Me da pena pero es mejor que concentre mis energías en aguantarlo andando que es más leve.
Atravieso el pueblo de Cercedilla a paso vivo mientras recuerdo las palabras que unos minutos antes me dijo una mujer en el baño.
¿Y vas a ir sola toda la noche? A mí me daría miedo. Yo que tú me uniría a algún grupo. Si te quieres venir con nosotros…

En ese momento no pensé necesitar compañía, no tengo miedo de lo que pueda encontrar ni de lo que pueda pasar, pero al fondo veo a una chica y a un hombre que ya van subiendo camino de las Dehesas mientras charlan animadamente y pienso que no es mala idea ir entretenida con alguien. Cuando llego a su altura me lo ponen fácil, en seguida me dan conversación y me uno. Él participa en una ultra maratón por 10ª vez, viene desde Mérida y no pierde nada de aliento mientras habla con la misma energía con la que anda. Ella participa por primera vez, como yo, y se mueve también con bastante ligereza ayudada por dos bastones. El desnivel cada vez se acentúa más y empieza a costarme seguirles el ritmo. Salimos de la zona urbanizada, ya no hay luz de farolas que nos iluminen y encendemos nuestros frontales. La charla es animada pero se me están cargando los gemelos. Miro mi GPS, quedan 5 kms para el punto de control y muchos más hasta Segovia.
Chicos, yo voy a aflojar. Prefiero ir algo más despacio.
Para mi sorpresa ella opina lo mismo así que Susana, que así se llama, y yo, nos quedamos juntas. Despedimos a nuestro fugaz y experimentado compañero y mientras vemos su luz roja intermitente alejarse, nos acomodamos a un ritmo de alrededor de 5 kms/h.  Mientras hablamos siento frio. A medida que subimos se nota como la temperatura va bajando, de vez en cuando sopla el viento y el movimiento cansino que impone una cuesta como la que recorremos parece que ralentiza el tiempo y me hace sentir pesada y sin energía. Parece que mi dedo del pie duele menos pero temo el momento en que abandonemos la calzada para adentrarnos en la pista pedregosa. Miro a Susana y su paso con los bastones se ve firme y seguro.
¡Como me arrepiento de no haber traído los bastones!
Ella insiste y me deja uno de los suyos. En esos momentos no sabe que acaba de salvar mi aventura.
Bastón en mano parece que recobro algo de ilusión y a las 23:45 aproximadamente llegamos al punto de control de la calzada romana. Llego con ganas de descansar pero al pararnos tengo mucho frio, así que un sello más, algo de beber y a continuar. Próximo avituallamiento: Alto de la Fuenfría, a 8 kms.

23:50 CALZADA ROMANA – ALTO DE LA FUENFRIA
(KM 70 – KM 78)
No sé en que momento abandonamos el asfalto pero ahora pisamos tierra y el paso ya es menos firme. El bastón me ayuda a sujetar mi pisada y evitar más dolor. De vez en cuando pasan voluntarios en bicicleta que nos animan con sus comentarios. Les preguntamos por lo que queda de subida.
Un poquito. Todavía queda un poquito.
Terminan reconociendo que hasta 2 kilometros antes de la Fuenfria no empezaremos a llanear. Eso me desilusiona. Me siento muy cansada y cada vez tengo más frio. Nuestra conversación empieza a tener largos silencios por lo que intuyo que mi compañera también va cansada. Miro compulsivamente mi GPS cada 200 metros y me empiezo a agobiar. Por primera vez en todo el día se me pasa fugazmente por la cabeza la idea de abandonar. Es tan fugaz el pensamiento que no me lo tomo en serio.
¿Abandonar? ¿AquÍ? ¿Y que iba a hacer? ¿Esperar helada de frio hasta que pasara un voluntario en bicicleta para tener que volver a esperar a que algún vehículo me recogiera?
La idea de pasar más frio quieta que andando me espabila. No hay más remedio que seguir. Vuelvo a mirar el GPS, faltan 5 kilómetros para acabar esta etapa.
¡¡¡5 kilometros!!!! ¡¡¡¡Eso es una hora!!!!
Sí, otra hora más andando.
No sé si voy a poder.
Entonces me doy cuenta de que no estoy llevando una buena estrategia psicológica. No puedo seguir lamentándome por tener que andar 5 kms cuando en realidad todavía me encuentro a 27 de Segovia. No puedo seguir lamentándome cuando no vale un “no puedo”. De pronto recuerdo una de mis frases favoritas y que escribí en este blog a propósito de la historia de la deportista Monique Van der Vorst : “Si algo no te gusta cámbialo. Si no se puede cambiar, cambia de actitud”.
Es hora de volver a intentar disfrutar de esta experiencia. Me concentro en lo que me rodea. Estoy cruzando la montaña de noche. Los árboles son altos y apenas dejan ver el cielo, pero de vez en cuando se abren claros y aparecen las estrellas. Que bonito es el cielo estrellado y que desapercibido pasa a menudo. La montaña también habla de noche, pero habla menos de lo que yo esperaba aquí arriba. Es como si lo hiciera susurrando, las ramas que se mecen por el viento, algún solitario grillo y de repente… ¿un búho? ¿una lechuza?
¡He oído un animalito nocturno!
Seguro que nuestros antepasados sabían reconocer cada sonido de la noche y una muchacha de ciudad como yo no sabe distinguir una lechuza de un búho. Aun así me ha hecho ilusión. Vuelve a sonar y me sonrío. Se levanta aire, bastante aire, y es frio, muy frio. Esto me saca de mis pensamientos bucólicos. Miro el GPS, nos quedan solo 2 kilometros y yo no siento que el camino llanee. Susana me recuerda que en el Alto de la Fuenfría nos darán un caldo caliente.
¡El caldo caliente! ¡Lo había olvidado!
Gloria bendita, eso es lo que es esta noticia. Mis piernas parecen recobrar vida y mi cabeza no para de repetir “caldo caliente, caldo caliente”, así que como si de una zombi se tratara me concentro en los dos o tres metros del camino que ilumina mi frontal y ando hacia el caldo prometido.
Llegamos al Alto de la Fuenfría sobre la 01:40 de la madrugada. Mientras bebo a sorbitos el caldo me doy cuenta de que ya es domingo 18 de septiembre. Llevo más de 16 horas en esta historia. Empiezo a estar realmente cansada y cada vez es más difícil disfrutar de lo que estoy haciendo, para que nos vamos a engañar. Pero tengo que seguir. Apuro el vaso y tras sellar mi credencial veo en un cartel que el siguiente avituallamiento está a 11 kms.
01:50 ALTO DE LA FUENFRIA – CRUZ DE LA GALLEGA
(KM 78 – KM 89)
El caldo parece que nos ha revivido, por lo menos durante la siguiente media hora en la que charlamos animadamente y nuestros pensamientos son más positivos. Pero el efecto llega a su fin y la realidad me engulle. Desde la Fuenfría empezamos el camino de descenso. Esto en otras condiciones sería una buena noticia, en mi caso es de las peores. El terreno es muy pedregoso y a medida que bajamos mis pies no dejan de irse hacia los lados y chocar con la parte delantera de mis zapatillas. De vez en cuando veo las estrellas, y no están precisamente en el cielo. Después de tantas horas en movimiento se hace difícil llevar un paso seguro levantando lo suficientemente las piernas así que a menudo me golpeo con alguna piedra que estorba en el camino. Agarro con fuerza el bastón y me voy ayudando con él. Le doy las gracias de todo corazón a Susana. Sin bastón estaría perdida.
El pedregal continúa durante un tiempo y un espacio que se me hacen infinitos. Conozco el camino y sé que tiene que llegar una pista asfaltada. Pero no llega. A los dolores de mis pies, abductores y gemelos, se han añadido los de la espalda y el cuello contracturado. La mochila y la posición con la cabeza fija en el frente durante horas tienen estas consecuencias. De repente tengo ganas de mandarlo todo al carajo, de pararme y patalear como una niña pequeña mientras lloriqueando digo que ya está bien, que ya me cansé, que quiero que me cojan en brazos y me lleven a casita. Y me paro… pero no hay lloriqueo ni pataleo. Me  siento en cuclillas tratando de estirar mis lumbares que también se quejan, y durante unos segundos me encojo y me hago piedra. Se oye crujir de madera y el bastón de Susana que se acerca.
¿Estas bien?
Sí, solo estaba estirando.
No creo que sonara convincente, pero su cara también denota cansancio y ya lo único que importa es que me levante y continúe andando, y eso hago.
Por fin pisamos asfalto. Después del pedregal caminar por él es como pisar un lecho de rosas. Incluso los dolores parecen atenuarse. A lo lejos vemos luces rojas intermitentes. Pronto las alcanzamos. Son un grupo de chicos. Susana habla con uno de ellos. Yo no tengo ganas de mucha conversación y me limito a escuchar frases del estilo de “no puedo más”, “voy fatal”, “no voy a llegar”… Entonces decido tirar hacia delante, solo me faltaba un club de fans para mis fantasmas. Yo también voy fatal y siento que no puedo más pero quiero intentar engañarme una vez más. Y me repito hasta la saciedad que si puedo, que no lo voy a dejar ahora que… miro el GPS, tan solo quedan 16 kilometros. Pero de repente mis ideas suenan a cuento chino, 16 kilometros pueden suponer otras 3 horas andando y mi cuerpo pide una cama donde descansar. Empiezo a imaginarme durmiendo en mi habitación y mis pasos se vuelven cada vez más lentos, más pesados. Incluso a veces noto que me voy hacia los lados. Por el rabillo del ojo me parece ver cosas que se mueven a mi lado del camino…
¡Quieres frutos secos!
La voz de Susana me saca del extraño trance en el que estaba. Miro la bolsa que sujeta su mano y no tengo hambre.
No, gracias.
Después pienso que no me vendría mal un puñado de nueces, que igual estoy falta de energía, le pongo la mano como pedigüeña y me obligo a comer. Miro otra vez el GPS. Ya se apagó. Muchas horas para su batería. Siento que he perdido a mi mejor compañero de viaje. Susana me confirma que en casi una hora estaremos en La Cruz de la Gallega, punto en el que nos darán un café. La noticia me alegra parcialmente, una hora más es una eternidad para que mi viaje realmente no acabe en ese punto, sino que todavía me queden 11 kilómetros más. Empiezo a pensar que no está mal si en mi primer intento llego al kilómtro 89. Esto ya es un logro. Además el tiempo que estoy tardando no era lo esperado y puedo intentarlo el año que viene con mejor preparación. Y sobre todo… la gran frase… “se trata de disfrutar”. Y ya no estoy disfrutando.
Llegamos a la Cruz de la Gallega, sello mi credencial y me siento en una silla que veo vacía. Un voluntario me ofrece un vaso con café. Mientras lo bebo sorbo a sorbo, a mi lado se sienta un señor de pelo canoso que probablemente pase de los sesenta años de edad. Me sonríe.
¿Qué tal?
Bien.
¿De verdad?
Sí, claro. Bien.  – responde tajante pero sin dejar de sonreir.
¿En serio puede decirme que va bien en el kilómetro 89?
Sí, mujer. Bien porque no nos queda nada.
¡Nos quedan todavía 11 kilómetros!
¿11 kilómetros? Pues entonces habrá que comer algo. ¿Quieres?
El hombre saca de su mochila un pequeño bocadillo de tortilla de patata y me ofrece volviendo a sonreír. Rehúso y se lo agradezco. Él piensa que el bocadillo, pero yo le agradezco otra cosa, su actitud. Apuro el café, me despido deseándole suerte y me levanto.
 04:15 CRUZ DE LA GALLEGA - SEGOVIA
(KM 89 – KM 100)
La cafeina me ha dado alas. Ha despejado mi cabeza y parece que reducido el cansancio. Al fondo se ven las luces de Segovia y Susana y yo caminamos hacia ellas.
De repente, me acuerdo de mis amigos y mi familia que han estado pendientes de mis andanzas el día anterio, ahora seguro que duermen. Siento que tengo que seguir, para que cuando despierten, pueda decirles que mereció la pena su interés y sus muestras de cariño, que lo conseguí. Sólo quedan 11 kilómteros, algo más de 2 horas de caminata que ahora se me antojan cortas. Ya no soy consciente de mis dolores y me invade cierta alegría. Será la cafeína…
Y andando, andando llegamos incluso a alcanzar a otros participantes. El que más me sorprende es un hombre de 72 años que camina muy concentrado con una linterna en la mano.
Buenas noches, ¿Cómo va? ¿Todo bien?
Sí, bien, bien, pero es que aquí hay muchas piedras en el camino y así de noche… no puede ser…
Le adelanto asombrada. El hombre se queja ahora de las piedras en el camino… ¡y llevaba mejor ritmo que nosotras, que hemos tardado más de 89 kms en adelantarlo!
El efecto de la cafeína se va acabando pero algo me hace seguir conservando un ritmo vivo. Paso revista a mi cuerpo y lo siento dolorido, pero una fuerza interior tira de mí como si no le importara. Susana va detrás mío y voy animándola de vez en cuando. Las luces de Segovia están ahí mismo, pero se acercan lentas y se hacen de rogar y empiezo a impacientarme. Recuerdo que hace una hora estaba a punto de abandonar y ahora todo parece mucho más fácil.
Por fin llegamos a las afueras de Segovia. Conozco esa rotonda. Una ligera emoción me sube a la garganta. Se que solo me quedan unas calles y lo habré logrado.
¿De verdad lo voy a conseguir?
Aprieto el paso otro poco.
Si pudiera entrar corriendo como tantas veces he visualizado mi entrada…
Sin darme cuenta cruzo por un paso de peatones trotando con el bastón en el aire. Susana me dice que tire. Le devuelvo el bastón, le doy toda la gratitud que me queda y dándole ánimos me despido. Empiezo a trotar calle abajo alcanzando a otros participantes que van destrozados. Bromean al verme correr. Llega una cuesta y la subo andando. Vuelvo a trotar mientras busco desesperada las señales que me indiquen que calle tomar. Dos jóvenes que a esas horas deben de venir de juerga me ven.
¡Por allí, por esa calle! Venga que el acueducto está ahí mismo. ¡¡¡Vamos campeona!!!
Sus aplausos retumban en la noche silenciosa segoviana. Y no sé si sus ánimos eran más cachondeo que otra cosa pero lo cierto es que me hacen apretar y entrar corriendo en la plaza semivacía que custodia el imponente Acueducto de Segovia. No hubo fanfarrias, ni música, ni portalón que cruzar, ni gente a ambos lados animando… al fondo tan solo un fotógrafo y una carpa donde algunos organizadores aplauden junto a un contador que marca 21 h 15 m 32 s. Levanto un brazo y sonrio. Me cuelgan una medalla y me dan la enhorabuena.
No siento la euforia que había soñado y entre nauseas y dolores me voy hacia el polideportivo en busca de mis cosas. Ya en el autobús de vuelta a Madrid me invade la paz y me quedo dormida mientras agarro mi medalla. Lo he conseguido. 

Quizá corro porque necesito sentirme creador; necesito saber lo que hay dentro de mí y plasmarlo en algún lugar del exterior… Una carrera es como una obra de arte; es una creación que, a parte de la técnica y el trabajo, necesita de la inspiración para poder completarla con satisfacción. Y también es efímera, porque como un mandala budista, se disfruta durante su creación y en el momento más álgido, en el punto que ha alcanzado su prefección, desaparece para siempre y será imposible volver a crear la misma carrera. Habrá carreras similares, reviviremos emociones parejas y sentiremos sensaciones conocidas, pero nunca tendrá la misma forma porque la inspiración nos llevará a explorar otras formas. (*)

He de reconocer que no ha sido la carrera que esperaba a nivel deportivo y me queda esa espinita clavada, pero también sé que no estaba al nivel físico que requería, ni tengo la experiencia como corredora que se necesita para enfrentarse a un reto como este de otra manera. Pero si algo he aprendido es que el camino es largo, no es fácil y cuesta, pero con constancia, perseverancia y esfuerzo se llega más lejos de lo que esparamos, y... ¡Que carajo! ¡Tardé algo más de 21 horas pero he recorrido una distancia que hace tan solo un año ni hubiera imaginado!



No puedo cerrar esta entrada, esta aventura y este ciclo sin dar las gracias a todas y todos los que me habeis apoyado, familia, amigos y bloguer@s. Sin vosotros y vosotras esta historia hubiera sido diferente. Con vuestros ánimos y muestras de cariño habeis hecho que mi locura haya sido más grande, pero sobretodo... más real. Gracias de todo corazón.

Nos veremos en el camino.



(*) Kilian Jornet "Correr o morir"