A través de la persiana entra luz. Ya es de día y abro los ojos  sin el aullido del despertador. Si no fuera por los dolores que se van despertando también  a cada movimiento de mi cuerpo, éste hubiera sido uno de mis despertares más apacibles en mucho tiempo. Es lunes y son las 09:30 de la mañana, ya casi han transcurrido 48 horas. En la mesilla está el libro de Kilian Jornet, de cuya lectura me he ido alimentando durante la semana previa a mi locura. Me incorporo de la cama y compruebo que hoy me duele más que ayer. Cada rincón de mi musculatura pide clemencia y solicita audiencia con el descanso. Me vuelvo a sentar en la cama lentamente, miro el libro y me pregunto ¿por qué corro?  



“Podría dar la excusa de que quiero volver a sentir la subida de endorfinas al cansarme… Podría decir que corro por el bienestar que me aporta, por la salud o para poder desconectar de los problemas. Podría ser para suprimir algunas pulsiones reprimidas durante mi niñez o para lograr pertenecer a algún grupo… Quizá es para perseguir mi destino o para escapar de mis miedos. Quizás es para reencontrar el entorno romántico que hemos perdido en nuestras actuales vidas o crearnos nuestra historia dramática y heroica…”  (*)

A mi cuerpo no le vale y vuelve a quejarse mientras camino lentamente hasta la cocina en busca de mi desayuno. Y ya con esa taza que sujeta mi mano vuelve a insistir. ¿Por qué corro? ¿Por qué 100 kms si luego duele tanto?




SABADO 17 DE SEPTIEMBRE DE 2011
08:30 FUENCARRAL
Falta media hora para la salida y estoy algo nerviosa. Los miedos de los días anteriores han desaparecido y ahora los nervios son fruto de la excitación que me produce estar rodeada de gente sonriente deseosa de empezar esta aventura y por supuesto, de la alegría de haber llegado hasta aquí y tener la certeza de que llego llena de ilusión y ganas de luchar hasta el final.

La única cara desconocida-conocida de la blogosfera que veo por allí es la de Kike. Aprovecho que me cruzo con él para saludarle y desearle suerte en persona. Su cara denota también mucha ilusión y muy buena energía. Intercambiamos unas pocas palabras y me despido para dirigirme a sellar mi credencial. La primera concha de mi viaje.


9:00 FUENCARRAL-TRES CANTOS
(KM 0 – KM 12)
Dan la salida y un enorme pelotón trota calle abajo. Yo me encuentro hacia la mitad. El ritmo de salida es diferente al de otras carreras, se nota que para la mayoría nuestra mejor MMP será llegar a Segovia. Se oye a la gente charlar, reir y bromear. El ánimo está en lo más alto. Se espera un día soleado y despejado pero todavía no aprieta el calor.



Cuando tan solo llevamos apenas un kilómetro, tras una cuesta en Montecarmelo, me noto rara. De nuevo mis temidas pulsaciones. No quiero mirar el pulsómetro pero me toco el pulso en el cuello y lo inevitable es inaplazable. Miro la pantalla de mi reloj… 185bpm.
¡No me lo puedo creer! Ahora, no. ¡Acabamos de empezar!
Me pongo a andar a la espera de que bajen pero el margen que me dejan mis latidos no es muy amplio así que me pongo a trotar. Pienso en lo que pasaría de seguir corriendo así y sé que, tratándose de una ultra distancia, no llegaría muy lejos aunque corriera despacio.
¡No puedo ser negativa! Busca algo positivo. Acorta la meta.
Decido no pensar en 100 Kms. y pienso en 10, que son los que me quedan hasta el primer avituallamiento en Tres cantos. Soy algo kamikaze y de no serlo no estaría en una prueba como esta, así que me la juego, echo un órdago nada más empezar con la primera mano de cartas.
Correré despacio hasta allí y tras un breve descanso veré que pasa con este corazoncito.
Me concentro en la gente que va a mi alrededor, en sus conversaciones, los consejos que se dan unos a otros, en sus camisetas que anuncian “glorias pasadas”, en las pocas mujeres que veo… Los kilómetros pasan veloces casi al ritmo de mis pulsaciones, que dan picos increíbles (210) en algunos momentos, como increíbles son mis sensaciones, no son del todo buenas pero no me impiden seguir corriendo cuando la orografía del terreno lo permite. El recorrido de esta etapa está lleno de toboganes donde la mayoría de corredores dejamos de correr en las subidas para ser alcanzados por marchadores increíbles que parecen subir por escaleras mecánicas.




Y entre sube y baja, te adelanto, me adelantas, llego a Tres Cantos alrededor de las 10:25 donde me espera mi padre cámara en mano para inmortalizar el momento y saludarme. Tomo algo de fruta y agua que me ofrecen los voluntarios y voluntarias de la organización y sello mi credencial. A mi alrededor sigo viendo caras felices y sonrientes, todos y todas deseando continuar, así que sin prisa pero con más pausa de la esperada retomo el camino.
10:45   TRES CANTOS-COLMENAR VIEJO
(KM 12 – KM 23)

Empiezo a correr y compruebo con tremenda alegría que mis pulsaciones están donde debían, 135-140. No entiendo que ha pasado en la etapa anterior pero si era una broma de mi cuerpo la única gracia que ha tenido ha sido la de poner a prueba mi mentalidad nada más empezar y comprobar como no caía en la desesperación.
Los primeros kilómetros se suceden por una parte del carril bici de la M-607, lo que supone que algún ciclista malhumorado nos recrimine que haya gente invadiendo “su territorio”. El calor sigue sin apretar mucho pero voy hidratándome a menudo de la bebida isotónica de mi camel-back y tomo mi primer gel para reponer fuerzas. Sé que al final de esta etapa me tendré que enfrentar a una larga cuesta camino del cementerio de Colmenar Viejo, y no es plan de pasar por allí sin muchas fuerzas.
Tras abandonar el carril bici el camino se transforma en vías pecuarias que de vez en cuando pasan por pequeñas zonas arboladas donde la temperatura es algo más fresca y se agradece. Adelanto a gente que luego me adelanta, nos sonreímos y bromeamos, veo vacas y terneros, escucho pájaros, huele a campo y a lo lejos se perfila la torre de la basílica de Colmenar Viejo. No me siento cansada pero necesito sentir que no queda mucho. Recuerdo que mi madre estará de voluntaria allí en el puesto de avituallamiento y eso me da ánimos, como en la anterior etapa saber que estaba mi padre. Aunque sea poco el tiempo que les vea es de gran ayuda saber que estarán, están y han estado allí.
Y el camino deja los árboles, y sin árboles ya no cantan los pájaros, ni hace más fresco… ahora el sol pica y parece que he entrado en un horno.




Los corredores nos vamos distanciando y el perfil se levanta y aunque el ritmo que llevo es bastante lento (6’40’’-7’30’’) siento por primera vez que hay que empezar a tirar de fuerzas. Y tiro, pero poco, porque cuando veo al fondo  a la Sra cuesta del Sr cementerio…
¡Pa’ti la cuesta que me queda mucho de carrera!
Decido andar los 2 últimos kms y, piano piano, entro en mi pueblo vecino con la mejor de mis sonrisas y dando las gracias a la Guardia Civil que para el tráfico. Llegar al kilómetro 23 de carrera con las buenas energías que llevo se lo merece. Son las 12:30 aproximadamente cuando entro en el Colegio Rosa Chacel, punto de avituallamiento, control y descanso. Sello mi credencial y me dirijo hacia una mesa donde hay una señora muy concentradita partiendo sandia a destajo rodeada de un tumulto de corredores sudorosos que se abalanzan sobre la fruta.
¡Ahí, va! ¡Pero si esa señora es mi madre!
Nos fundimos en un abrazo mientras el tumulto, que sigue sudoroso, se tiene que esperar, pues esta señora se debe a asuntos importantes como darle ánimos a su hija, que se ha metido en esta locura, Dios sabe porque, pero que de momento está enterita y todavía sonriendo.
Repuestas de nuestro apasionado momento cada una a su tarea. Ella a saciar a las fieras que venimos sedientas y yo a saborear el trozo de sandía más exquisito de mi vida. ¡Que sandía, madre mía! No sigo porque soy capaz de dedicarle una entada enterita.


Y después del festín frutal, unos estiramientos y a sentarme unos minutos. Entonces es cuando observo que no es oro todo lo que reluce a mi alrededor, que ya hay caras demasiado cansadas, gente quejándose de sus pies, ¡¡¡incluso ya les han aparecido ampollas!!! Entonces me siento afortunada, pues me siento fresca, no tanto como la sandia, pero sí bastante para llevar ya casi un cuarto de carrera y no me duele nada.
¡Es hora de levantar el vuelo!
Lleno mi mochila de hidratación, me despido de la mía mamma y a seguir.
13:15   COLMENAR VIEJO-PUENTE MEDIEVAL
(KM 23 – KM 32)
Al salir del colegio me llevo una grata sorpresa cuando leo en un cartel que el siguiente punto de avituallamiento está tan solo a 9 kms. Al resto de información, como los kilómetros que nos quedan hasta Segovia no les hago ni caso, no quiero enturbiar mi paz interior con cifras escandalosas a estas alturas de carrera. Me abrocho la mochila, me chuto otro gel y a trotar.

Los primeros kilómetros de esta etapa recorren calles desiertas de urbanizaciones desiertas a las afueras que se hacen interminables. Voy adelantando gente. Todo el mundo anda. No sé si la solana que está cayendo o que se han pegado algún que otro festín a parte de la fruta (porque estos ojitos vieron tarteras de macarrones), pero el caso es que todos andan y sin ser la más veloz, estos andarines me hacen sentir ligera y me suben la moral. Como las calles no acaban y la cosa está siendo aburrida de narices, saco mi arma de destrucción masiva contra el aburrimiento… ¡tachan! Mi MP3 cargadito de música house cañerita. Y me enchufo a la caña musical de tal forma que hasta creo que subo el ritmo de carrera y es tal el buen rollo que me entra, que en el último paso de cebra antes de entrar de nuevo en el campo, saludo casi en plan militar a la guapa Benemérita que estaba cortando el tráfico.
¡Muchas gracias majaaaaa!
Me ahorraré la descripción de la cara de esta miembro de la Guardia Civil y su compañero. En fin, esto es lo que pasa por mezclar endorfinas, David Gueta, sandia de la buena la mejor, mientras corres pensando que  no te queda nada para llegar a Segovia (cuando en realidad te quedan nada más y nada menos que unos 73 kms). Y lo malo de esta mezcla no es ese ridículo saludo, sino que la hago sin ser consciente de la hora que es, de que cae un sol de justicia, y de que no llevo una gorra que me proteja. ¿Resultado? Una migraña que en pocos minutos pasa de ser leve a espantosa, que me hace dejar de correr y que por poco no me hace vomitar la famosa sandia. Pero si algo tiene sufrir de migrañas desde la infancia es ir acompañada siempre del remedio pastillero, así que pa’dentro y a esperar a que surja efecto. Y mientras, a andar, porque desgraciadamente en el punto en el que me encuentro no hay ni una puñetera sombra donde descansar. Eso sí, saco mi gorra y a cubrirme esta cabeza tan grande que me ha tocado, hasta que no quede gota de sol. Y con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados para que me entre lo mínimo de luz, voy andando el camino. Trato de pensar en cosas positivas para no centrarme en el dolor y mantener la certeza de que va a desaparecer.
Siempre desaparece, tarde o temprano.
Y andandito medio adormecida, sin olvidarme de ir bebiendo para no deshidratarme, no sé en que momento, la migraña se evapora, y cuando soy consciente me entra tal alegría que  me enchufo de nuevo la música y me pongo otra vez a correr. Además el recorrido es de los que me gustan a mí, con bajadas y con rocas, para tener la mente entretenida en el lugar donde ir posando los pies. De nuevo voy adelantando a alguna persona y con un ritmito bastante majo (abstenerse de valorarlo maratonianos y maratonianas) llegué al Puente Medieval (km 32) sobre las 14:40.

Allí otro sellito para mi credencial, una botellita de agua que echarme por encima, un vaso de cocacola para refrescarme y otro gel. Y sin yo esperarlo, en este punto también tengo la alegría de ver a otra persona conocida, mi amiga Cris. Me hace muchísima ilusión su presencia y ella que es deportista sabrá la cantidad de buena energía que dan estos momentos.
14:50   PUENTE MEDIEVAL-MANZANARES EL REAL
(KM 32 – KM 40)
Y tras un breve descanso emprendo de nuevo el camino pensando que tan solo me quedan 8 kms para llegar a mi pueblo. 8 pequeños kilómetros para contemplar la belleza de la Pedriza al fondo, con el pueblo de Manzanares el Real a sus pies y el embalse de Santillana.
Conozco este trayecto, por él he entrenado muchas veces este verano, y eso me hace sentir confiada y saber que me puedo permitir andar algún tramo que es cuesta arriba, ya que luego vendrá una estupenda bajada en la que disfrutar y recuperar. Además el suelo es bastante pedregoso y siento que mis pies ya están algo sensibles, siento una ligera molestia en la parte delantera de ambos dedos pulgares. Las zapatillas que llevo no son muy amplias y supongo que con el calor el pie hinchado empieza a estar algo justo. Pero contaba con ello y previsora que es una, junto al avituallamiento de Manzanares dejé mi coche con un par de zapatillas un numero mayor para cambiarme y a estas alturas de carrera estar más cómoda. He aprovechado en algun avituallamiento a echarme vaselina y cambiarme de calcetines, pero aún así empiezo a temer las inevitables ampollas. Sorprendentemente me siento muy bien de ánimo y de energías, no tengo nada de cansancio, ni ninguna molestia muscular o articular, e incluso me planteo que si sigo así quizá pueda hacer algún tramo de noche corriendo.
¡Y voila! Una de mis vistas favoritas.


Y tras contemplar esta maravillosa panorámica llega la bajada rocosa y a volar… Como cabra voy saltando y esquivando piedras y caminantes, que no son de la carrera y que no sé de donde han salido pero son muchos. Y entre salto, pasito corto, pasito largo….
Ay, ay, ay, ay……
Cuando llego abajo soy consciente de que teniendo la molestia que tenía en la parte delantera de los pies, lo que acabo de hacer es lo último que tenía que haber hecho. Creo que me acabo de cargar las uñas de mis pies. Continuo corriendo, ya es llano y queda menos de un kilometro para llegar al control. Llego allí (km 40) alrededor de las 16:25 y después del sello de rigor en la credencial, me dan un plato de pasta que me hace olvidar cualquier dolor.

Con que poquito una es feliz en estas aventuras.


Me zampo el plato de pasta y voy a por mis otras zapatillas. Es hora de examinar mis pinreles.


16:45   MANZANARES EL REAL-MATAELPINO
(KM 40 - KM 48)
El examen podológico no ha ido tan mal. Viendo el estado de los pies que había a mi alrededor los míos son para premiarlos o exponerlos en un escaparate. Tan solo me ha aparecido una pequeña ampolla en el meñique izquierdo (que queda arreglado con un compeed) y mis uñas de los pulgares las imaginaba tan mal que aunque me duelen, con las zapatillas que me acabo de poner, no representan impedimento para seguir corriendo otro poco. Me cambio también de camiseta y corriendo muy despacio, completo casi el total de los 8 kilómetros que me quedan hasta Matelpino. El último, con una estupenda subida, lo hago andando, y llego a la plaza del pueblo alrededor de las 18:00. Reconozco que llego ya algo cansada pero con la moral alta y con ganas de hacer el tonto posando para la posteridad.


Otro sellito para mi credencial, frutita fresca, un gel y a continuar, que quiero llegar antes de que anochezca a Cercedilla, pues allí tengo mi frontal y mi linterna, y todavía quedan hasta ese punto 15 kms. Pero para no agobiarme mucho, mejor pienso en que hay un avituallamiento intermedio en 8 kms, Navacerrada (La Barranca).


18:15  MATAELPINO-NAVACERRADA (LA BARRANCA)
(KM 48 - KM 56)
El sol ya no calienta mucho y la temperatura es estupenda, es hora de quitarme la gorra porque creo que va a hacer falta despejar ideas pronto. Me pongo a trotar pero me doy cuenta de que el desnivel se empieza a acentuar. Vamos camino de Navacerrada y subir por estos lares no es moco de pavo. Troto muy despacio por unos senderos que suben y bajan mientras me acerco al ecuador de la carrera, el km 50. De repente soy consciente de lo que llevo recorrido. Mientras el sol empieza a caer entre las montañas va dejando destellos que se cuelan entre la hierba alta y seca del camino, me percato de la belleza del momento. Sopla una leve brisa y rodeada de este paisaje y de silencio, solo a veces roto por el sonido de los bastones de algun otro participante, me doy cuenta de que tengo medio sueño entre mis manos. De que parece que el trabajo realizado en los últimos tres meses ha dado algo de fruto, pues llego bastante entera a este punto, pero también sé que no me puedo confiar, que queda lo más duro. Queda la parte en la que de poco sirve tu cuerpo si tu mente no te acompaña.
¿Y a mí me acompaña mi mente?

Delante de mí la imponente Barranca. El camino es una larga, larguísima recta de subida. La subo andando mientras sigo sumida en mis pensamientos. El sol está cada vez más escondido. Llego al punto de control sobre las 20:00. Llego cansada y los últimos kilómetros me han dejado una mezcla de aburrimiento y sopor.


Otro sello en la credencial y cuando voy a coger una botella de agua veo que todavía llevo la del anterior avituallamiento llena en la mano. Bebo un trago y observo las caras de la gente a mi alrededor. Ya nadie conserva la chispa y frescura de las primeras etapas. Esto parece un funeral, junto a mí un chico que dice ser duatleta, aquejado de una ampolla en el talón, casi pone a Dios por testigo a lo Vivien Leigh de que no repetirá nunca más una carrera así, y dice que abandona, al otro lado oigo como una pareja resopla mientras hablan de los kilómetros que quedan…
¡Demasiada energía negativa!
Me informan de que la próxima etapa, 7 kms hasta Cercedilla, son casi todos de bajada, así que apuro mi botella de agua y decido que es momento de volver a sacar mi arma de destrucción masiva contra este tipo de energías y salir pitando.


20:15  NAVACERRADA (LA BARRANCA) - CERCEDILLA
(KM 56 – KM 63)
Enciendo el MP3 y a ritmo de house me vuelvo a poner las pilas. Comienzo a correr mientras carretera abajo contemplo como cae la noche. Me siento ligera, no siento dolor alguno, ni cansancio, siento el frescor de la tarde, siento alegría, la carretera ahora es camino que se adentra bajo los árboles, siento paz, siento que el movimiento mana de mí, siento que todo fluye… subo alguna cuesta andando y vuelvo a bajar volando.

¿Cómo es posible sentirse así de bien? ¿A estas alturas de carrera?
No lo entiendo pero me dejo llevar y me sonrio, y sonrio a los árboles, y sonrio al cielo, y sonrio a la tierra, y de tanto sonreir el pueblo de Cercedilla me sorprende sonriendo a sus calles.


¿Queda mucho para Cercedilla?
¡Ya estás en Cercedilla, chiquilla!


Ya estoy en Cercedilla, km 63, son las 21:05. Es de noche y dejo de correr, camino la cuesta arriba que hay antes de llegar al polideportivo. Apago mi música y de pronto… a pocos metros de la entrada el “flow” desparece para dejar paso a la cruda realidad. El cansancio me cae encima como una losa y creo que he vuelto a cometer otra insensatez, o quizá la misma. Tengo varios puntos de dolor en mis pies que me hacen incluso cojear parcialmente. Creo que con las últimas bajadas me he cargado el margen de confianza que me habían dado.
En el polideportivo me espera por sorpresa mi padre. No puedo regalarle ninguna sonrisa. Se las ha llevado el “flow”. Intercambiamos algunas palabras y me voy  hacia el interior en busca de algo a lo que aferrarme para continuar con lo que queda.


Los voluntarios y voluntarias de la organización nos ofrecen un plato de paella. No tengo mucha hambre pero me obligo a comerlo. Después recojo la mochila que mandé traer a este punto, me cambio de ropa que abrigue y me dispongo a evaluar los daños de mis más preciadas herramientas para lo que queda de carrera. Mis pies aparentemente engañan y no parecen estar muy mal pero dos ampollas en puntos estratégicos y la inflamación de la uña de mi pulgar izquierdo, que no me permite ni rozarla sin sentir un agudo dolor, me hacen temer que lo que queda de carrera, 37 kms, no solo va a ser duro sino doloroso. Por supuesto descarto mi idea de correr algún tramo, soy kamikaze pero no tanto. Queda llegar al alto de la Fuenfría, prácticamente 15 kilómetros de subida constante (600m aprox de desnivel), con noche cerrada y temperaturas rondando los 8 grados. No he traído bastones.
¡Maldita sea! Sobrevaloré mis posibilidades.
Y las mallas que he escogido para este tramo apenas me abrigan para esa temperatura
¡Maldita sea! Subestime el frio de este lugar.
Me vienen a la cabeza los pensamientos que unas horas antes me rondaban subiendo a la Barranca…. queda lo más duro. Queda la parte en la que de poco sirve tu cuerpo si tu mente no te acompaña. No sé si mi mente me acompaña para lo que me espera, pero sé que solo hay una manera de comprobarlo y yo vine hasta aquí para eso.



(continuara...)



 (*) Kilian Jornet "Correr o Morir"