No hay que ser Miss Marple o Mr. Poirot para encontrar esas pequeñas pistas que pueden delatarnos como especie corredora "runner habilis". Si el señor que va delante de nosotros en la cola del super sólo pone sobre la cinta un manojo de plátanos y un bote de polvos Isostar, es más que probable que sea un corredor habitual. Si en la colada tendida de tu vecina ultimamente ha aumentado considerablemente el número de mallas y camisetas técnicas, es casi seguro que ha empezado a tomarse en serio esto de correr. Si alguién necesita un cajón entero para sus calcetines deportivos y ya no encuentra espacio para guardar zapatillas, ese alguien ya puede considerarse corredor. Si de pronto hablamos de 10 kms como si estuvieran ahí al lado, y manejamos cálculos de velocidades y ritmos como quien habla del tiempo, es que gastamos suela con mucha regularidad.


Estás y otras muchas peculiaridades nos señalarían con el dedo si de pronto se organizara una caza de brujas contra los seguidores de la Santa Endorfina Corredora. Pero la que se llevaría la palma es la que esta mañana he descubierto que tengo al llegar a casa y quitarme los calcetines después de correr 17 kilómetros (a ritmo "no quiero que me suban las pulsaciones. Da igual, al final me suben" - 5'43'').






17 kilómetros permaneciendo bajo el sol alrededor de hora y media delatan a cualquiera (Bueno a los keniatas seguro que no. ¡Me cachis, corren que se las pelan y encima no les pasan estas cosas!). 
Y no sólo tengo esta marca en ambos tobillos, tengo las de los tirantes de la camiseta, las de los pantalones cortos, el forerruner en mi muñeca izquierda  y otas dos realmente curiosas:  los pliegues que se hacen en el brazo al llevarlos doblados en el braceo. ¡Vamos que hoy me he llevado la palma en MMP's!

A ver cuando inventan la ropa que deje pasar el sol, que a este paso el tuneo cutaneo que voy a llevar a la playa este verano, va a ser cojonudo.