La luz, através de la persiana, los párpados oxidados, la almohada pegada a mi cara, el suelo que soporta mi peso, el peso de mis pasos dormidos, el agua que moja mi cansancio, el espejo que devuelve la mirada, mirada que no devuelve. El calendario en la pared de la cocina, almanaque que colecciona muescas, muescas de ilusiones, y también de desilusiones. El té humeando en la taza, la taza sugentando mi mano. Último sorbo, promesa rota de nuevas energías. El reloj que amanece y amenza con pararse, pararse si yo me paro. El casco de la bici en el taburete, ¿una propuesta? No, una escusa. Escusa para engañar al reloj, y tal vez, solo tal vez, al repertorio de las horas de este día, para que llegue la noche, para que pase otro día.

No siempre se tiene lo que hay que tener para salir a correr, así que me he subido a Casimira y pedaleando, pedaleando, esta mañana he rodado 20 kilómetros por el carril bici de Soto a Colmenar. El aire me ha lavado un poco las ideas, sólo un poco pero suficiente, y supongo que mañana será otro día.