El pasado domingo Lola y yo estuvimos corriendo de nuevo otro canicross, y que canicross!!!!! Si creíamos que lo habíamos visto todo en cuanto a barro y charcos, era porque no habíamos estado en Galápagos, una localidad cercana a Madrid y perteneciente a Guadalajara.





El dossier de la carrera prometía: "Es un circuito que deleitará a cualquiera...caminos de tierra, caminos de piedras, caminos de hierba, caminos de arena muy fina (tipo playa), fuertes subidas, fuertes descensos, caminos amplios y senderos estrechos, se recorre el reguero de un arroyo, pasos por zonas de agua..." Con esta descripción mi compi canina ya se estaba frotando las almohadillas en la parrilla de salida, y no importándole las continuas advertencias que nos hizó la organización, instantes antes de empezar, avisándonos del cuidado que debíamos tener debido al estado en el que estaba el terreno por las lluvias de los días anteriores ("vah, seguro que no es para tanto").

 

Y claro que era para tanto... y más!!!!



Dieron la salida y no hace falta decir que salimos como alma que lleva el diablo. Un poco rezagadas, pues nos colocamos bastante atrás, pero rápidas, atravesamos el pueblo y cuando dejamos atrás la última calle.... ("¿tenemos que atravesar por ahi?????") Aquello no hay palabra que lo describa. Ante mí apareció un aunténtico lodazal. Miré al fondo y vi a algún corredor haciendo el picapiedra tratando de no caerse con tanto resbalón. Lola tiraba deseosa de zambullirse en tremendo "parque de juegos" y yo no dejaba de pensar en mis tobillos y en el último verano de escayola y muletas que me pasé. Miró hacia atrás para comprobar como vienen los que me siguen y.... ("¡¡¡¡Pero si somos las últimas!!!!! No hay tiempo que perder, esto tiene que tener alguna técnica"). Sacando decisión de donde puedo empiezo a dar torpes zancadas y apoyando con fuerza toda la planta del pie, sin importarme lo limpitas que llevaba yo mis zapatillas. "Cof, chof" Nos abrimos camino, subimos y bajamos como podemos por aquellos caminos y de nuevo al pueblo ("Bien, terreno firme de nuevo. Es nuestra oportunidad de adelantar alguna posición"), cruzamos la calle, donde la gente nos anima y de nuevo al campo, y... ("¿que ven mis ojos? ¿donde está el puente?") al fondo veo un arroyo con bastante agua, tanta que pasa por encima de lo que debía ser un puente, y hay que cruzarlo. Lola estaba encantada y no hizo falta animarla, y a mí... tampoco, al fin y al cabo servía para limpiarme las zapatillas, je,je. Lo malo fue que dicha limpieza no duró mucho, a los pocos metros comenzó de nuevo el descrito lodazal. Subidas y bajadas con estupendo barro, donde pude presenciar alguna que otra caida, nos acompañaron durante bastantes kilómetros. Y cada vez que creía haber pasado el obstáculo más dificil de la carrera, me encontraba con otro que lo superaba.



La subida a la cruz fue memorable, atravesar varias veces el arroyo más e ir en el pelotón de carrera advirtiéndonos unos a otros a grito pelado de los "peligros" que nos acechaban, no tiene precio.
A partir del kilómetro 8 dejé atrás a la "tropa escoba" y me concentre en encontrar el mejor lado por el que recorrer el camino. Ahora por la derecha, ahora por el centro, ahora por la izquierda, ahora por.... Vamos, que fui haciendo eses y volviendo loca a Lola que ya no sabía por que lado tirar.

Y por fin vimos al fondo el pueblo. Y cuando estábamos a punto de respirar aliviadas por haber completado la carrera sanas y salvas veo al fondo del camino un montón de agua. Sí, un montón, porque a estas alturas todavía no sé si era una charco enorme, otro arroyo, un lago o un trozo de mar perdido. El caso es que cuando mis neuronas se ponen a trabajar a toda velocidad buscando la mejor forma de atravesarlo oigo una voz como salida del confesionario de Gran hermano, que me dice: ¡por el centro, por el centro! Y allá que me lanzo por el centro!!!!! Lola no debió oir la misma voz porque ella trató de atravesar por un lado. Y allí estábamos las dos cruzando cada una por un sitio, yo con el agua hasta las rodillas y ella... pobrecita mía... con el agua al cuello.



Pero lo conseguimos, alcanzamos la orilla y veo al dueño de la voz, mi padre, que cámara en mano había captado el instante. Todavía no se si por el centro era la mejor manera de cruzar aquello o era el mejor encuadre de sus fotos, pero el caso es que tras entrar en el pueblo y cruzar la meta me sentí feliz de haber participado en esta aventura y de poder compartir con mis compañeros las numerosas batallas que habíamos superado.

Aunque llegamos de las últimas, casi 10 kilómetros en 58'25". No está nada mal para haberlo pasado tan bien.