Como envidio a aquellos y aquellas que leo que madrugan, aparentemente sin esfuerzo, y se pegan unos rodajes matutinos de campeonato con la sonrisa puesta para el resto del día. Yo no debo ser del mismo planeta.

Me levanté esta mañana a las 9:00 como siempre: maldiciendo el momento en que decidí volverme a poner las zapatillas y meterme en la rutina de empezar a entrenar a la espera del buen estado físico, la borrachera de endorfinas y la gloria de volar sobre mis patitas. Como siempre: deseando seguir en los brazos de Morfeo mientras con los ojos pegados trato de adivinar el color de la camiseta que me acabo de poner. Como siempre: bajando en el ascensor malhumorada mientras me repito que cuando vuelva a casa estaré con las pilas puestas y cargada de buen humor. Y como siempre: llegando instantes después que Pedro al punto de encuentro. Si no fuera porque quedo con él... me temo que la pereza me ganaría la partida más de una vez.


Tengo entre manos un reto personal a corto plazo. (No lo puedo evitar. Si no me aburro.) Es un reto minúsculo para cualquier corredor y corredora experimentad@, pero un gran reto para una pingüina que está empezando. Correr 4 kilómetros por debajo de los 20 minutos. Así que como cada martes, hoy me enfrentaba a nuestro habitual recorrido con la esperanza de estar cada vez más cerca de esa marca.

Nos encaminarnos a nuestro punto de partida con una animada charla y cuando llegamos ya se me había quitado el mal humor. Comenzamos a correr y como de costumbre Pedro se adelantó para hacerme de liebre. En seguida le noté entusiasmado, estaba convencido de que hoy lo conseguía y no dejaba de animarme en cada punto kilométrico. Yo en cambio me notaba algo pesada y con las pulsaciones muy altas. En medio de nuestro recorrido alcanzamos a unos niños que también parecían quererse enganchar a esto del correr. Y ocurrió algo habitual entre los deportistas del sexo masculino y como pude comprobar indiferente a la edad: Pedro les adelantó y nada cambió su concentración y ritmo (les pareció aceptable que un tiarrón de 1'80 y aspecto atlético corriera más que ellos), pero llegué yo, una mujer (no tan atlética ni de 1'80) que a paso de martillo pilón les ganaba el terreno. En cuanto uno de ellos me vió de reojo trató de aguantar mi ritmo disimulando su aspecto jadeante y cansino, hasta adoptó una postura más erguida. Pero unos cien metros después, el cansancio acabó con su orgullo y con su aventura.

Después de esta anécdota, que me entretuvo un tiempo y me ayudó a olvidar la fatiga, volví a concentrarme y a tratar de seguir en mi empeño. Terminé el cuarto kilómetro convencida de que había sido mi mejor tiempo de los martes, pero no tenía prisa por mirar el reloj. Algo dentro de mí me dijo que esta vez tampoco pudo ser: 20 minutos 24 segundos. Seguiré intentándolo.







Martillo pilón: 1. m. Máquina que consiste principalmente en un bloque pesado de acero que se eleva por medios mecánicos a la altura conveniente y se deja caer sobre la pieza colocada en el yunque.