¿Cómo empezó todo? Pues supongo que como la historia de muchos “runner”. Algún que otro kilillo de más, muchos cigarrillos, poca vida sana, bastante sofá, y demasiados buenos propósitos acumulados sin cumplir: “voy a dejar de fumar”, “voy a llevar una dieta más equilibrada”, “tengo que hacer ejercicio”… Hasta que llega un buen día, o un buen vecino en mi caso, que me pregunta si hago algo de deporte. Yo, como no puedo desperdiciar la ocasión, le contesto orgullosa que me estoy proponiendo salir a correr (cuando no corría ni para coger el autobús). Así que a aquel vecino que buscaba un alma inocente a la que captar para la “secta runner” se lo puse fácil. Mordí el anzuelo a la primera. Y allí estaba yo al día siguiente, a la puerta de mi casa con unas zapatillas blancas y rosas (por supuesto no eran de running) sin sospechar que mi estado físico era más que lamentable. De esto hace ya casi tres años...


Mi primer entrenamiento duró 8 minutos, no conseguimos hacer ni un mísero kilómetro. Y os aseguro que el ritmo que llevamos no puede calificarse ni de trote cochinero. Acabé desfallecida y lo que es peor, abochornada por el espectáculo que le había brindado a mi vecino. Me marché a casa maldiciendo el deporte y el momento en el que acepte salir a correr, porque mi orgullo no me dejaba bajarme ya del barco en el que me había subido. Tenía que demostrarle a ese vecino (después de unos cuantos rodajes, buen amigo) que, al estilo Obama: YES, I CAN! Podía superarme y sabía que algún día lograría correr durante media hora sin desfallecer. Así que volví a repetir. Volví a quedar, a ponerme esas absurdas zapatillas rosas, a sudar, a desfallecer, a pararme sin poder casi ni respirar: ¡Ojú, no puedo más! (a los 12 minutos de empezar). Volví a intentarlo. Y sin darme cuenta las agujas del reloj empezaron a correr también.

De esto hace ya casi tres años, y no sólo conseguí en poco tiempo correr media hora sin desfallecer, sino que después vinieron mis primeros 10 kilómetros, unas “zapas guapas de correr”, mi primer “cacharrito”: un pulsómetro, las revistas para “runners”, las tablas excell con gráficas y mis tiempos y distancias recorridas, camisetas y mallas de tejido técnico, el gimnasio, el verme feliz cual perdiz con mis endorfinas a cuestas, la dieta sana y equilibrada, ¡dejar de fumar!...¡Vamos que me volví una friki del running! ¡Pero una friki sana,eh!

Y todo se lo debía a tres ingredientes: ORGULLO, ESFUERZO Y PACIENCIA
Y en medio de este chute de deporte y felicidad contagiosa (toda mi familia acabó apuntándose a un gimnasio), llegó un gran descubrimiento para mí: el CANICROSS. Ya podía mi perra Lola darle sentido a esas mañanas de frío acompañándome a correr. Ella también tenía derecho a convertirse en una “frikirunner”. Nos apuntamos a un club y comenzamos a competir en una liga en distintos lugares de la península. En cada carrera Lola se obsesionó con salir cuanto antes y yo con llegar lo antes posible. La verdad es que aquello empezó a convertirse en algo estresante y agotador.

Cuando llegó la segunda temporada vi las cosas de otra manera, no podía seguir con esa lucha contra el reloj y mi cuerpo. Correr debía ser algo desestresante, así que decidí quitar un ingrediente y quedarme con el ESFUERZO y la PACIENCIA, correr contemplando el paisaje, hablar con alguien durante la carrera, llegar a la meta sonriendo y diciendo: ¡qué bien me siento! y no diciendo: ¡qué mal lo he hecho! Correr debía ser sobretodo disfrutar. Seguí entrenando pero sin agobios, mi dieta siguio siendo sana pero tomándome de vez en cuando unas cervezas y unas bravas... en fin que me relajé, ¡pero eso sí! continue comprando "cacharritos". Sigo siendo una "frikirunner"... pero con calma, porque en definitiva correr debe ser... DISFRUTAR.

Ahora sólo me queda convencer a Lola, que sigue ladrando como una loca cada vez que ve el arnés de canicross.